Vestigios del valor

Vestigios del valor

Septiembre 17, 2017 - 11:40 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Nunca como antes en la historia, el deporte ha estado más cuestionado que ahora. Abundan escándalos y extravagancias. Se diría que casi a la misma velocidad con que las diversas disciplinas se convirtieron en multimillonarios negocios, el viejo espíritu olímpico se envileció.

No queda más pues que acogerse a lo que aún sobrevive: la valentía de quienes, en la disputa por ser los mejores (o en ocasiones, en la lucha por no terminar últimos), dejan la piel e, incluso, cambian los designios del favoritismo para conmover hasta el último rincón de nuestra sensibilidad.

Abundan los ejemplos en el pasado. Encarnados en Obdulio Varela, el gran capitán de Uruguay en el Maracanazo, un hombre impávido frente a un estadio que se lo quería comer y al que él terminó devorando. O, años antes, en Berlín del 36, en las inalcanzables piernas de Jesse Owens que ni se inmutaron ante la soberbia de la propaganda nazi. O en el etíope Abebe Bikila y sus pies descalzos en los Olímpicos de Roma (1960), o los que aceptaron las zapatillas en los de Tokio (1964). Sin ellas, o con ellas, Bikila le ganó a la pobreza con dos medallas de oro que pesan más que todas en la historia.

¿Dónde están los valientes de hoy? ¿Los hay? Sí, aún quedan. Están ahí, claro, sin las dimensiones de aquellos tres pero quizás con buena parte de la entereza que los hicieron inmortales. Vestidos por ejemplo de vinotinto y angustia por todo lo que pasa en su nación, pero dedicados en 180 minutos a hacerles difícil la vida a Colombia y Argentina en las eliminatorias al Mundial. Son estos venezolanos rasos olvidados por la inmediatez, pero seguros de que construyen su propio camino para salir de la invisibilidad que, por ahora, los ronda.

O son otros como ellos, al otro lado del mundo. Hombres de nombres desconocidos que buscan hacer milagros con la pelota mientras al mismo tiempo huyen de la muerte. Es la selección nacional de Siria, cosida en medio de la guerra. El mismo día aquel en que celebramos el empate ante Brasil en Barranquilla, sus integrantes, quizás lo más parecido a una pandilla de ilegales para el resto del mundo, se acercaban, como nosotros, al Mundial de Fútbol de Rusia 2018. Le sacaron un empate de última hora a Irán en Teherán. Si ahora llegan a vencer a Australia, ganarán el derecho a un repechaje contra un rival de la Concacaf, que agrupa a Norte y Centroamérica. De triunfar, tendrán pasaporte a Moscú. Suena muy difícil, pero, si han sido capaces de derrotar a la muerte, ¿por qué no creer que ahora pueden ganar en el terreno de la vida?

También, por estos días, vi cómo un viejo nos daba lecciones de eso que los argentinos llaman aguante en una cancha de tenis, a lo que prefiero llamar huevos. El tipo, Juan Martín del Potro, estaba enfermo y habría podido resguardarse en un parte médico en el Abierto de Nueva York. Todo lo contrario, se parapetó detrás de su raqueta y demolió a un muchachito austriaco (Dominic Thiem, uno de los mejores del mundo), en cinco sets de esos que uno guarda para toda la vida.

¿Y de los nuestros? Miguel Ángel López, el chico boyacense con pinta de jinete de hipódromo que dejó en el camino a Chris Froome para ganar una de las etapas de la Vuelta a España. Un héroe sin ínfulas, un hombre sencillo que lleva puesto eso que no se aprende y que tampoco venden en la esquina, el valor.

Cosas como estas son gasolina para el alma y justicia divina que suele bajar tan poco del cielo. Aparte de una razón para no quejarse de nada. Así, felizmente así, es el deporte cuando logra soltarse de la mano del vil metal y echa a andar libre, como si no tuviera amarras.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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