Una adicción

Una adicción

Junio 01, 2015 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Adiós al fútbol. Me lo decreté en la madrugada de aquel sábado del 3 de julio de 1994, tras conocer que Andrés Escobar había sido asesinado. Juré, en vano, que no volvería a pisar un estadio en mi vida. Antes de que el gallo cantara tres veces, ya estaba en la tribuna otra vez, herido, pero con la misma pasión. O mejor, con la adicción intacta.Hoy, 21 años después, debería intentarlo una vez más. Al menos, vuelven a existir razones para marcharse. Es que si es verdad que la Fifa, con el señor Joseph Blatter al frente, decidió, entre muchas cosas y siempre soborno en mano, arreglar el destino de los dos mundiales de 2018 y 2022, no sería descabellado pensar que ellos mismos arreglan, de antemano, quién gana y quién pierde partidos, mientras millones chillamos como bestias por el equipo de nuestros amores, ajenos a las componendas de la trastienda. Aunque atribuir a Blatter y a sus amigos toda esta historia negra es demasiado. El fútbol, este que amamos y por el que morimos, ha sido a lo largo de la historia, aparte del más bello de los deportes, un instrumento de dominación, además de herramienta política y mina de oro. A veces, todas las anteriores.Las manchas están ahí, convertidas en anécdotas por el paso del tiempo. Para comenzar, las amenazas de Benito Mussolini a Vittorio Pozzo, director técnico, y a los jugadores de la selección italiana, exigiéndoles ganar el Mundial de 1938. ¿Hizo algo más el Duce para conseguir el título, aparte de advertirles que el asunto era de “vida o muerte”? A lo mejor sí, no era exactamente don Benito un hombre correcto ni pacífico.Cuarenta años después, Jorge Rafael Videla fue más allá en Argentina, decretó la pena de muerte no solo para sus opositores sino también para el juego limpio. Con una selección de Perú acomodada a las circunstancias, le dio la mano al equipo de Menotti para hacerlo vergonzoso campeón mundial del 78, en la peor parodia de la historia. Con ella, la dictadura militar intentaba, sin suerte, tapar el horror de picanas, ejecuciones y desapariciones.Como los tiempos cambian, ese manejo es cada vez más sutil. Pero el provecho que se saca del fútbol como tal no cambia. Porque el malo no es el fútbol sino el uso que se hace de él. ¿Saben cuánto deben el Real Madrid y el Barcelona F.C. al fisco español? Más de 900 millones de euros. ¿Por qué entonces gozan de tan aparente buena salud? Porque meterles mano en medio de la actual crisis económica y social, una de las peores de la historia de España, sería acabar con el circo cuando precisamente no hay mucho pan.Dirán ustedes que bastaría ver la viga en el ojo propio antes que buscar la paja en el ajeno. Sí, no hay duda. El fútbol en Colombia también ha sido presa del narcotráfico, ese fenómeno que penetró todos los ámbitos del país. En el caso puntual del escándalo de la Fifa sorprende que sea una fiscal de Estados Unidos la que dio con las huellas del delito ¿Dónde estaban los organismos de inteligencia de ese otro mundo donde el fútbol es rey? ¿Viendo fútbol, acaso?Quisiera seguir pero la falta de espacio, y de tiempo, me lo impide. Debo meterme desde ya en la final de la Champions del próximo sábado. Olvidándome, a propósito, de que el señor Gianluigi Buffon, arquero de la Juventus de Turín, anduvo involucrado en investigaciones sobre amaño de partidos en su país, aparte de ser apostador empedernido. Y haciéndome el de las gafas sobre los millones de euros de sanción que por fraude fiscal podría terminar pagando Leo Messi en España. Que ruede el balón.Excúsenme ustedes, no debería ser así, pero, comprenderán, una adicción es una adicción.

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