Un crimen y una lección

Julio 09, 2017 - 11:40 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Hace 20 años, el 10 de julio de 1997, ETA secuestró a Miguel Ángel Blanco, concejal de Ermua, un pueblo vasco tan chico como el más chico de los municipios nuestros. Dos días después lo asesinó. Un crimen como todos los de esa banda terrorista, a mansalva y sobreseguro. Sólo que con una enorme diferencia frente a otros: ese 12 de julio, ETA cavó no sólo la tumba de Miguel Ángel sino la suya propia. Ahí y entonces, ETA comenzó a morir.

Esta historia tiene un especial valor particular para quien escribe. Somos nosotros y nuestros circunstancias, dice el viejo adagio. Andaba yo en ese momento en España, tras hacer el cubrimiento para este diario de la cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, Otan. No por casualidad, valga decir, sino por esa visión siempre universal de los hechos del entonces director, Rodrigo Lloreda Caicedo. “Vaya y compruebe cómo nada nos es ajeno”. Se discutían allí las estrategias para buscar un desmonte real de los efectos de la Guerra Fría.

Vuelvo al 97. Tras esa cita en Madrid, cambié de frente y viaje a Pamplona. Era tiempo de sanfermines en la capital navarra y valía la pena vivir la experiencia y contarla. Desde que llegué y vi mi primer encierro de los toros -correrlo, ni loco- por esos casi mil metros de miedo, me impresionó casi igual el crispado ambiente político. Aún más, en la plaza de toros.

Gritos a favor y en contra del nacionalismo vasco se dejaban escuchar en los tendidos, temperatura que se multiplicaba por dos en cuanto algunos espectadores ondeaban las ikurriñas (la bandera que identifica su causa nacionalista). Y ni qué decir cuando, en medio de la batahola, vivas a ETA atronaban el aire del coso, con salvas de aplausos y voces de condena como respuestas.

Esa tarde del 10, un rumor subió y bajó con la misma intensidad por las gradas del escenario taurino. ETA acababa de secuestrar y daba 48 horas al gobierno de José María Aznar para que se procediera al reagrupamiento de su cuadros en prisión, aislados por obvias razones. Un imposible moral. Si no eran atendidas esas exigencias, procedería a ejecutar a Miguel Ángel Blanco. La suerte del joven concejal del derechista Partido Popular (29 años) estaba echada.

Entonces, España se hizo casi una sola. Sin importar las muy profundas distancias de carácter histórico (entre ellas, los odios acuñados en la Guerra Civil), diferencias partidistas y las concepciones sobre qué tipo de Estado debía construir una democracia joven aún, la nación fue una piña que, primero, condenó el terrorismo; segundo, exigió la inmediata liberación de Miguel Ángel; y tercero, rodeó al Gobierno.

En la tarde de ese 12 de julio, la radio alertó sobre el hallazgo del cuerpo de una persona malherida en un municipio cercano. La esperanza se hizo bandera, pero no duró mucho. Miguel Ángel Blanco estaba muerto.

Lágrimas de dolor y gritos de condena por doquier. Allí, en una calle de Pamplona donde yo también aguardaba el desenlace, un hombre, encolerizado, gritó “pena de muerte”. “No”, lo increpó una mujer, “nada más que justicia, no somos como ellos, ni vamos a ser como ellos”. El tipo guardó silencio y se echó a llorar.

Un par de días después en Madrid, una multitud tomada del brazo, caminó paso a paso, encabezada por los dirigentes de las diferentes formaciones políticas, con una consigna que aún retumba en mi memoria, “¡ETA, apunta, aquí tienes mi nuca!”.

ETA, como bien lo dijo alguien, perdía ese día la calle y, aunque vendrían 67 nuevas víctimas mortales, se veía obligada a recular hasta enterrar su hacha, ojalá para siempre. Hoy vuelvo a recordar ese día y a Rodrigo Lloreda Caicedo y su “nada nos es ajeno”. Sí director, ni siquiera la guerra -digo yo-, como tampoco la paz, la justicia y la reconciliación.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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