Un 23 de junio

Junio 27, 2016 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Jueves 23 de junio, una de la tarde. Casi a regañadientes, consigo que en el lugar en el que me hallo en Bogotá se mantenga la señal del Canal Institucional sobre la firma entre el Gobierno Nacional y las Farc del fin a la guerra. No quiero que los informativos privados me editorialicen. Prefiero, primero, escuchar y, luego, reflexionar. Bueno, no con la asombrosa rapidez (lento que es uno) de quienes prometieron hacer lo mismo y apenas dos minutos después salieron a leer comunicados con cara de pastoral, convocatoria a la que corrimos prestos los periodistas, sin el mínimo derecho a hacer preguntas (cosa que se volvió costumbre, sin que digamos ni pío). Sigo. Seis u ocho personas que tengo a mi lado miran, y escuchan, de reojo lo que hay en el directo. Hay comentarios sueltos. “Por fin”, musita una. “¿A quiénes creen representar?”, protesta alguien. “Ah, izquierdistas”, agrega con desdén otro, antes de marcharse a hacer una vuelta urgente. “Yo no tengo nada que ver con eso, pero ¿me pueden decir si eso es bueno o malo?”, pregunta con relativo interés un cuarto.Prefiero refugiarme en la radio y en la pantalla del móvil. Cuando las salvas de aplausos y los gritos de los asistentes terminan de sellar lo negociado, me estremezco. Siempre soñé cubrir esa noticia ahí, en primera fila, y la vida no me ha dado ese derecho. Es una tontería, rectifico enseguida, este puede ser el último día de la guerra. Hay que vivirlo y punto. El último día de la guerra con las Farc.Salgo a la calle, en el norte de la ciudad, y veo el cuadro diario de la capital en un mediodía de sol: oficinistas van de vuelta de sus trabajos, con un helado en la mano. Aguzo el oído y no escucho comentarios ni campanadas. Mientras ando, busco en mi teléfono celular los hechos que encabezan los portales de los principales diarios. Mandan en ellos la derrota de la selección ante Chile y un escándalo más en la ‘farsándula’ criolla.Entro en depresión. Estoy en el lugar equivocado o vivo en otro mundo. O las dos juntas. Una hora después, resucito. Mi amigo José Félix Montoya, que ha dedicado su vida a conocer por dentro este país en conflicto, manda un mensaje a un grupo de chat. Cuenta cómo, junto a su hijo, ha vivido el día más emocionante de su vida y ahora llora como niño, solo como lloró cuando fallecieron sus padres. Pero sobre todo llora porque su hijo le ha dicho que si acaso es que había pensado morirse sin ver a la paz abrirse paso.Enseguida uno de mis hijos me llama y me confirma que sí, que esa es la ruta. Lo abrazo desde la distancia, mientras devuelvo la película y confirmó que tanto él como sus hermanos, mis otros hijos, y los hijos de José Félix y los hijos jóvenes de todos los colombianos pasarán a la historia. Lo harán como no pudieron hacerlo generaciones que nacieron en la guerra y murieron en la guerra, o al lado de ella. Serán los primeros en ejercer de verdad ese derecho que nos arrancaron hace mucho, el de vivir tranquilos. Y entonces, en cosa de horas veo cambiar las cosas. En Ituango desmontan la primeras trinchera (bueno, luego llegó alguien a decir que había que volverla a levantar); y en Anorí, Tierralta, Valencia, Nechí, Tumaco (a donde voy con frecuencia por trabajo), allí donde la muerte se instaló hace rato, se respiran ilusión y esperanza. Compruebo entonces que siguen existiendo dos Colombias, esas mismas que ahora tienen la inmejorable oportunidad de ser una sola, para lo que solo bastará dar un SÍ. El SÍ, a la paz y a la vida. Usted elige. Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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