Tuluá, feria con tino

Junio 25, 2017 - 11:30 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

“En 40 años de ferias que recuerdo, nunca había visto una tan mal organizada, y sin eventos de categoría para la población”.

Con ese trino en la cabeza, puesto horas antes por Faustino Asprilla, me aventuré, con familia incluida, el pasado lunes festivo al coliseo de ferias de Tuluá. No niego que llevaba el temor de que el diagnóstico del ‘Tino’ resultara cierto. En realidad, dije para mis adentros, si él anda aburrido, ¿cuánto podrá hacer uno para sobrevivir en el intento?

Mi ejercicio, y el de los míos, debía ser tan corto como contundente. Es decir: par de tractores vistos de reojo, tres paradas en un jardín de orquídeas, un rodeo fast track por los lados de la muestra de animales de granja y algo para picar en la plazoleta de comidas. Previa fisgoneada a la exhibición de los caballos de paso, asunto que ni entiendo ni me emociona.

En principio, eran dos o tres horas de atafago y asignatura aprobada. Solo que cuando miré el reloj (habíamos llegado antes de las once de la mañana) eran ya las siete de la noche y alguno de mis acompañantes comenzaba a sospechar si eran verdaderas las razones que yo argüía para sentirme más que amañado, Y todo, en medio de un gentío que no solo se veía a gusto sino que daba muestras de eso que tanto reclamamos, comportamiento ejemplar, más en un ambiente en donde el licor signa buena parte de los comportamientos.

No voy a decir aquí que Asprilla esté equivocado. Simplemente concluyo que esta versión de la feria con que nos encontramos tanto los tulueños como quienes habitamos en el centro del Valle del Cauca, no es la que a él le gusta. Y está en pleno derecho de decirlo. Y además, promover que la gente no vaya a la feria y que las cosas vuelvan a ser lo que eran antes.

¿Cuál fue la novedad? Volver a la esencia, a una feria agropecuaria, acompañada de valores ancestrales y con actividades para todos los públicos. Es decir, dándole más valor al día que a la noche. Ahí entendí por qué se pasó de la desolación matutina de los últimos años a los 80 mil visitantes de esta edición, ingreso de público sin antecedentes en la historia de la feria.

Pero además comprendí algo que no solo atañe a Tuluá sino a todos los lugares donde hay este tipo de celebraciones. En Colombia, por muchas razones, el culto a la personalidad y a los fenómenos mediáticos que encarnan las denominadas estrellas del espectáculo ha generado una inversión de las prioridades.

Ahora, las ferias y fiestas valen por los divos y divas que se suben a los escenarios, a tarifas escalofriantemente altas. En cambio, nosotros, los del común, hemos pasado a ser nada más que una masa amorfa que soporta con sus bolsillos esos negocios millonarios. Al final de la rumba, unos se van con los bolsillos llenos y el resto se queda con las contraseñas y las selfies como trofeo.

Ah, olvidaba decir que muchas veces son los erarios los encargados de subsidiar ese tipo de conciertos, o lo que se les parezca. Y no de manera gratuita, en términos de reconocimiento político. Mejor dicho, alcalde que hace fiestas con artistas de renombre, alcalde que no tambalea.

Lo que uno se pregunta es si en esa misma medida se apoyan las tradiciones populares y a quienes las defienden e interpretan. En otras palabras, si lo autóctono se mantendrá como esencia de las ferias o terminará por primar este tipo de consumismo con tinte emergente que, aparte, raya en lo elitista,

Eso sí, si el año entrante viene por estos lados, entre usted y juzgue. De día y de noche, con la mejor de las estrellas, el pueblo mismo. Bueno, si es que deciden mantener la línea de la que acaba de pasar, una feria con tino.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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