Tentar la Parca

Mayo 05, 2014 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

No sé de dónde nos viene esa extraña fascinación por la muerte. No digo por causarla, que también pasa: ahí no más están las cifras que cada día avergüenzan, como las recientes que dicen que estamos a la cabeza de una lista de los países más violentos, seguidos por El Salvador, Guatemala, Jamaica y Sudáfrica. Hablo más bien de ese coqueteo, mortal, que hacemos con ella.Sí, el colombiano juega con la muerte casi por naturaleza. Apuesta su vida como si no temiera perderla. Ejemplos: todos los que ustedes quieran. Uno nada más: pasamos las calles por donde queremos, no por donde nos toca, lo que sería un exabrupto y, aparte, motivo de sanción en cualquier país medianamente desarrollado. Además, lo hacemos en desafío a leyes físicas, con una extraña fórmula que dice que mi impulso multiplicado por mis zancadas resulta más rápido que el carro a la vista, al que intento vencer en veinte metros de velocidad pura. Por lo general, el asunto funciona. El conductor frena, hasta donde alcanza, mientras el competidor, a salvo, suelta esa sonrisa de imbécil que le resulta de no morir en el intento. Valga aclarar que cuando no se alcanza la meta no solo se pierde el juego sino que no vuelve a haber sonrisa…¿Más? Claro, el de los domingos de paseo de olla. Ahí se pone la vida en el filo de la navaja en dos modalidades. Una, en la categoría río. Se tienta a su manera la Parca en clavados de cabeza en un pozo que tiene cara de hondo. La medición de hace con una práctica ancestral homologada no se sabe por quién, pero que reconocemos como válida: la piedra aquella que cae en picada y emite un ¡plop! seco que certifica profundidad. Si al cabo de media hora nadie se ha roto el cuello y un coro grita “¡la estamos pasando güeno!”, el pozo es ideal. En caso contrario, marque 123.La otra especialidad es neumático a la corriente, que no es un plato de esas tierras sino el desafío a la turbulencia. Sobra la ilustración. Y los salvavidas. Nos los inflables sino los expertos, que, igual, harían poco porque, ¿quién rescata a un cristiano al que le fallaron los cálculos para evitar la piedra en el camino y ahora va, sin sentido, río abajo? Aquí también las matemáticas, y todos los santos, dan la razón a la supervivencia, pero a veces los buzos de los bomberos tienen que hacer su tarea. ¿Hay un país con mayor número de ahogados en ríos, lagos y quebradas que el nuestro? Ya saldrá el top que revelará nuestro alto espíritu (del más allá) competitivo.Al regreso del paseo, todos endosan su capital de vida a un conductor elegido que hace gala del viejo proverbio nacional: “yo manejo mejor con tragos”. Al día siguiente se disfruta de las memorias de la aventura, desde las zambullidas hasta las curvas cerradas del retorno. Pero a veces no hay cómo ni con quién.El alto riesgo nos llama, nos seduce, nos conquista, aparte de ser nuestra cotidianidad. Nadie se juega tanto el pellejo como nosotros y, peor aún, conocedores de que en este país la justicia, aparte de convertirse en un botín político, no solo cojea sino que casi nunca llega. Aquí, cuando alguien echa bala al aire hay más risas que reparos. Ponerse una camiseta de un equipo de fútbol en territorio ajeno (que puede ser a la vuelta de la esquina) es aventurarse a un tiquete sin regreso; sin embargo, miles lo hacen a diario en todo lado y a todas horas. Hablar por celular en la calle es dar motivo a que lo roben sino que muchas veces da pasaporte a cuidados intensivos, pero quién se niega a contestar una llamadita. Y si usted no quiere vivir mucho, se la juega al motociclista irresponsable: es fácil, barato y, no lo dude, efectivo. Nos gusta mucho respirar, sobre todo cuando la Parca se fija en nuestro entorno. Olvidamos que una cosa es su ruleta y otra, hacerle guiños. Ella se toma en serio su trabajo y nosotros en broma aquello que no tiene repuesto, la vida.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad