Agosto 29, 2016 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Soy más viejo que las Farc. Nací con el Frente Nacional. Como muchos colombianos, desde entonces no he visto en este país más que expresiones de guerra. No solo las de las Farc, muchas otras. Lo dicta la memoria. Esa que, en mi caso, se remonta a la infancia en manos de mi abuelo, un gaitanista echado a la pena. Leí las primeras letras en los titulares de la prensa de entonces: ‘Tarzán’, ‘Capitán Venganza’, ‘Desquite’, ‘Sangrenegra’, ‘Chispas’…En fin, el bandolerismo. Y supe de León María Lozano y sus ´pájaros’, del asalto a la casa liberal de Cali y del cerco de película a Efraín González. Luego vinieron el presidente Valencia y las repúblicas independientes. Marquetalia y Riochiquito entraron al diccionario con aquel golpe a golpe. Comenzaban a hacerse habituales las Farc y un tal ‘Tirofijo’. A poco apareció el ELN en Simacota y casi enseguida la foto de Camilo Torres Restrepo hecho cadáver.Entraron los 70 con el chocorazo en las elecciones que a la larga terminaría en el M-19. Aparte de eso, ahí están en fila la ‘Operación Anorí’ (ese pueblo que sigue teniendo la misma mala carretera por donde hace 43 años sacaron los cuerpos de los “abatidos” hermanos Vásquez Castaño), el paro nacional del 14 de septiembre del 77 apagado a físico plomo y el estatuto de seguridad de Turbay Ayala, con aplicación directa en las caballerizas de los cuarteles bogotanos. Todo ello, en condición de hijos del Estado de Sitio, eso a lo que nos acostumbraron.Y llegaron las guerras de los 80. Con la más infame de las batallas, la del Palacio de Justicia. Y los intentos de paz, fructíferos unos, otros no, en el gobierno de Virgilio Barco. Vino entonces ese 89, el de los magnicidios de Pizarro, Jaramillo y Galán y el de la cacería a todo lo que oliera a izquierda. El 89, el año maldito en que más se jodió este país de todos los años en que este país ha sabido joderse.Ahí, los 90. Primero, la Constituyente, amenazada pero sobreviviente. Y de nuevo ‘Manuel Marulanda’ (ya no ‘Tirofijo’). Esta vez en ‘Casa Verde’, cuando alcanzamos a imaginar la paz. Solo a imaginarla, porque se esfumó esa vez y la guerra se extendió. Se hizo más cotidiana.Ya entonces a los narcos – Pablo, los Rodríguez, Gacha- no les bastaba ser los patrones sino que querían ir por el premio mayor, el poder. Y lo hicieron, en contubernio con políticos y, al mismo tiempo, abriéndose paso de la mano con el surgimiento del paramilitarismo, amo y señor después, aliado con sectores del y con otros patrocinadores que siempre supieron taparse. Una sinvergüencería. Después, este largo y terrible último cuarto de siglo en el que nos hicimos viejos entre masacres y desplazamientos, entre secuestros y desaparecidos, hechos por unos y por otros, con la gasolina del narcotráfico al servicio de todos y el odio por bandera: Machuca, El Aro, Bojayá, Trujillo, El Caguán, Mapiripán, El Nogal, los falsos positivos, los diputados, los secuestros…Y ´Marulanda’ moría de viejo y otros le sucedían. Difícil entender una vorágine así. Y eso que faltan lugares, nombres y atrocidades de todos los extremos, sin mencionar otras pestes: corrupción, iniquidad y abandono estatal. Es por eso que merecemos esta página en blanco para escribir, con tinta y no más con sangre, una nueva historia. El acuerdo de La Habana no es la paz. La paz es mucho más. Pero sí es una de sus cuotas iniciales. Lo que vendrá es mejor que este pasado de violencias, muy a pesar de las que quedan: ELN (¿hasta cuándo, señores?), Bacrim, narcotráfico, más corrupción, más abandono, más instigación al odio… Acabamos de dar un paso en la dirección correcta, la reconciliación, si es que en verdad pensamos en las nuevas generaciones. Por eso, SÍ. Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad