Rusia, también y siempre

Abril 16, 2017 - 11:55 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Nos ponen cada vez más los pelos de punta estos acontecimientos en Siria, Afganistán y Corea del Norte, sin descontar los de las semanas anteriores en Suecia, Reino Unido y Alemania, más todos los que les han antecedido en este momento de convulsión mundial.

¿Estamos acaso en la antesala de un hecho de tamaño difícil de predecir? Aventurarse a tratar de dar con una respuesta concreta a ese interrogante es ceder a la tentación de dejarse llevar por los instintos. Quizás entonces sea mejor encomendarse a otro consejero, la historia.

Para ello hay que empezar por decir que quienes aparecen hoy como protagonistas en el tablero de ajedrez en que se juega la suerte del mundo, se dividen en dos grupos. Unos, los que pretenden escribir esa historia; y dos, quienes terminarán escribiéndola a su antojo.

Sobre los primeros -Bashar al- Asad, Kim Jong-un, el autoproclamado Estado Islámico o los talibán (de vuelta y en ascenso)- se sabe que a la larga, jugarán su papel de comodines. Serán esas cartas que igual sirven para ganar el juego, que para ir al sacrificio.

Porque la verdadera partida se juega por arriba. Con una advertencia: hoy, quizás como pocas veces, no hay claridad hacia dónde va esto y cómo puede terminar. Las que se podrían llamar esquinas del poder, de un cuadrilátero bastante irregular, apuntan a todos lados y a la vez a ninguna parte. Pasa con Estados Unidos, como sucede con Rusia, China y la Unión Europea (mejor, Alemania y Francia). De todos ellos, el mayor enigma parece ser esa Rusia imperial que emerge de nuevo para estar en todos los lugares y al mismo tiempo. De hecho, mucha de la suerte que espera por Siria, Afganistán y Corea del Norte, para no hablar del vecindario, tiene la sombra del señor Oso. Como ha sido una constante en todos los tiempos.

En ese sentido, bastan los últimos 100 años para entender hasta dónde ha ido influencia de las decisiones de Moscú en la vida del hombre contemporáneo. Porque desde octubre de 1917 hasta nuestros días, pocas hojas se han movido sin su consentimiento, sin su ojo avizor o sin su participación.

Sucedió con la revolución bolchevique y sus días capaces de conmover al mundo, aquella a la que algunos tratadistas equiparan en trascendencia y efecto con la revolución francesa y la revolución industrial. Su alcance, en esa primera mitad del Siglo XX saltó fronteras y se convirtió en quimera para millones de personas sumidas en el hambre y la desesperación en la Europa de entonces, y en el resto del planeta. Pueblos ajenos a sí, todo aquello que les vendían como panacea era primero, posible, y segundo, verdad.

Ya con el fascismo al abordaje, vino una segunda etapa en la que la amenaza del soviet para Occidente hizo una pausa y se convirtió en su mejor aliado a la hora de ganar la Segunda Guerra Mundial. Entonces casi todos miraron a otro lado. En apariencia, José Stalin dejaba de ser José Stalin cuando todos sabían bien quién era y cómo era José Stalin. La vieja Rusia, reencarnada en hoz y martillo, volvía a estar en primera línea.

¿Y cómo desconocer enseguida su peso de otra mitad en la Guerra Fría, bien caliente para muchos otros pueblos, entre ellos nosotros mismos? ¿O en esa otra etapa tras la caída del muro, cuando muchos se anticiparon a jubilar a Rusia tras la Perestroika, cuando en realidad ella, vieja redomada, se ajustaba al momento?

Decir que alguien tiene la última palabra en la compleja coyuntura actual es olvidar la historia. No dejen a Rusia fuera de sus apuestas. El Oso está ahí, al acecho, como siempre. Y el final, sea cual fuere, deberá contar con él.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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