¿Quién podrá salvarnos?

Abril 02, 2017 - 11:55 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

"En Estados Unidos, los hombres blancos de mediana edad y con menos educación se están muriendo a un ritmo inusitado. De hecho, su tasa de mortalidad es mayor que la de los hispanos o los negros de su misma edad y de su mismo nivel educativo…”.

“...Es más, en Europa la longevidad de quienes tienen menos años de estudio (y menos ingresos) ha seguido subiendo --y a más velocidad-- que la de los europeos con mayor nivel educativo”.


Cito a Moisés Naím en su columna ‘Los americanos blancos se están muriendo’ (antes de tiempo, agregaría yo). Afirmación hecha con base en una investigación del Nobel de Economía Angus Deaton y su esposa Anne Case, también economista.

La regla general es que sufren de “desventajas acumulativas” que los llevan a la “muerte por desesperanza”. Bueno, nadie muere de desesperanza o de la pena moral al ver cómo la vida da un giro de 180 grados por culpa de las macro decisiones de otros.

Pero sí se muere de sobredosis de alcohol o drogas. O de cáncer, ataques cardíacos u obesidad. Todos, desencadenados en buena parte por la crisis que marca nuestro tiempo.

Hasta aquí, Naím. La pregunta es: ¿Cuánto de eso nos puede estar pasando en Colombia? ¿O quizás, por nuestra reconocida resiliencia, somos más inmunes o sabemos adaptarnos mejor a los tiempos difíciles?

No me atrevo a cruzar las cifras crecientes sobre fallecimientos asociados a esas causas en Colombia para llegar a la conclusión de que también nos está matando la desesperanza. Es más, dudo que se puedan equiparar nuestros comportamientos y reacciones con los del primer mundo. De pronto, la globalización no ha llegado aún a ese punto. Menos mal, digo.

Lo que sí hay es síntomas de que cosas como esas no nos pasan de largo. Hoy, por ejemplo, casi todos los espacios laborales reflejan una mezcla de temor e insatisfacción. No creo que la gente de antes fuera más feliz en el trabajo pero sí debo decir que hoy parece menos alegre. Es más, si me apuran, es la tristeza la que manda.

Y no necesariamente por aquella frase que hace rato le compré a un amigo, español para más señas. “Será tan duro trabajar que es lo único por lo que te pagan”. No, lo que hay es cosecha de caras largas. Igual, en la sucursal bancaria que en el supermercado. Y, debo admitirlo con pesar, también en las salas de redacción. Claro, más allá del tema salarial, que aconsejaría salir corriendo a más de uno. Pero como no hay cómo...

¿Por qué generaciones enteras (porque no es una sola), con mayor educación y nivel de vida que las inmediatamente anteriores, terminan ahora sumidas en el temor y la incertidumbre?

¿Y, además, cómo es que esas mismas generaciones -desengañadas, sí, pero jamás vendadas- toman las decisiones de endosar su futuro a causas, políticas entre otras, en las que si algo hay es eso mismo, sombras nada más?

En buena parte es el precio del falso confort. Hoy se despide más fácilmente a las ideas que a las comodidades. Y es en manos de gente así en la que está el futuro de la humanidad. Qué horror.

¿Quién podrá salvarnos? ¿Solo los exentos de culillo?, ¿los optimistas irredimibles?, ¿los apasionados sin límites?, ¿los comprometidos solo con lo que les da la gana?, ¿los independientes?, ¿los enemigos de los amarres?, ¿los endeudados solo por cuenta de sus sueños y no de sus obligaciones?, ¿aquellos que por primera vez en la historia reciente de la humanidad se negaron a aceptar ser hijos de la hipoteca y del largo plazo?

Sí, a lo mejor son los jóvenes la única ilusión que nos queda. Ellos, esos inestables capaces de asumir una responsabilidad con la que no pudimos nosotros, los presuntamente estables, capitanes de este barco que también hace agua por todos lados.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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