Pobrecitos

Junio 30, 2014 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Pobrecito el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro. Luego de soportar el complot que le armó la derecha de este país para sacarlo del cargo con el cuentazo aquel de que había puesto en riesgo la salud de ocho millones de personas por el simple detallito de cambiar la recolección de basuras de un día para otro (complot al que resistió de manera estoica y, por lo visto, carísima), ahora resulta que no satisfecha con la intentona, esa misma derecha, amangualada con algunos periodistas, arma una novela en las que simples tertulias de su concuñado con contratistas del Distrito son interpretadas como negociados. Oh, qué imaginación.Pobrecito el expresidente y ahora senador Álvaro Uribe Vélez. Sigue siendo objeto de todo tipo de ataques. Aparte del conejo que le pusieron a su Centro Democrático en las elecciones para Congreso y luego en las presidenciales (no era candidato, pero como si lo fuera), ahora unos malvados profesores persiguen a sus entusiastas seguidores en las aulas de clase. Aparte, otros conspiradores ponen en duda que ejerza de congresista en el período a comenzar el 20 de julio, como si el país se pudiera dar ese lujo. ¡Cómo es la gente en este país! Pobrecito Luis Suárez, el jugador uruguayo. Ingleses, brasileños, la Fifa y “un sector de la prensa” se juntaron para sacarlo a patadas del Mundial de Brasil. Y en el colmo de la desfachatez, llegaron a afirmar que Suárez había mordido al italiano Giorgio Chiellini, cosa que, por supuesto, no existió. O bueno, sí, pero no era para tanto, como dijo el buen Pepe Mujica, en uso del simpático derecho que tiene la tercera edad de mentir y, al mismo tiempo, matizar con una pícara sonrisa.Pobrecita la Selección del Brasil y pobrecito su técnico Luis Felipe Scolari. Después del favorcito de la primera fecha por parte del árbitro japonés Nishimura en el partido contra Croacia, los demás referees se han portado menos bien. Incluso, en el extremo de la persecución, en ocasiones los tipos se atreven a sacar tarjeta amarilla a alguno de sus jugadores por una patada voladora al pecho de un contrario o un madrazo en el oído, no del rival, sino del mismísimo árbitro. Por eso se quejan tanto los 95 minutos de cada partido. Falta de cortesía con el anfitrión.Y para seguir con el fútbol, pobrecita la Argentina. Sus jugadores y técnico, Alejandro Sabella, dicen, con cara de tragedia, haber pasado hasta ahora los durísimos escollos que la vida les puso en Brasil. Primero vencieron a Bosnia (con todas sus estrellas, aclaro, las de Bosnia); enseguida, el creador (que para el caso no es Messi) les permitió la alegría de derrotar al maléfico equipo de Irán (suma de hormigas atómicas; y aún quedaron fuerzas para superar a la sin igual selección de Nigeria. Pero los planetas siguieron alineados en su contra: ahora viene Suiza, una selección, como su país, de secretos. Si ganan, toca verse con los todopoderosos de Bélgica o Estados Unidos. Ahí hubo algo raro, ¿o no, Diego Armando?, digo, en contra de ustedes.Pero eso no es nada. Pobrecito el presidente Barack Obama. Acaba de denunciar cómo los republicanos hacen poco o nada y más bien dedican todos sus esfuerzos a bloquear sus propuestas y a insultarlo. Pobrecito. ¿Será por eso que nunca puso fin a Guantánamo? Pobrecitos ellos. Aunque no sé, me parece que aquí hay una extraña coincidencia. Todos, desde Obama hasta Petro, pasando por los demás, encontraron esa mina de oro que hoy triunfa en todos los escenarios: victimizarse. Hazlo ya tú, proclámate víctima y caerás para arriba.

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