Pasado y presente

Febrero 09, 2015 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

¿Es mejor o es peor que las parejas del mismo sexo tengan derecho a adoptar? ¿Es mejor o es peor que los niños estén en manos de esas parejas del mismo sexo? ¿Es mejor o es peor la despenalización del consumo de estupefacientes? ¿Es mejor o es peor la abolición del servicio militar obligatorio? ¿Es mejor o es peor la cadena perpetua (o la castración) de los abusadores de menores? ¿Es mejor o es peor la legalización del aborto en todos los casos? ¿Es mejor o es peor una nueva Constituyente? ¿Es mejor o es peor que los guerrilleros de las Farc responsables de delitos atroces no paguen cárcel y que, incluso, tengan opción de elegir y ser elegidos? ¿Es mejor o es peor un nuevo proceso de paz con el ELN? ¿Es mejor o es peor el fin de la reelección? ¿Es mejor o es peor un período presidencial de seis años? ¿Es mejor o es peor que sigan existiendo las corridas de toros? No sé cuántos mejores o peores como estos andan encima de la mesa del debate nacional, lo único cierto es que son muchos más (súmele los que usted quiera) y que a diario vamos y venimos entre ellos en todos nuestros rincones: en la mesa del comedor, en la oficina, en la esquina del barrio, en el mercado…¿Y ustedes, acaso en qué andan?, dirá quien recién aterriza en un escenario como este, en el que todos los días aparece una nueva coyuntura para ser discutida. La respuesta es que Colombia anda en ebullición, quizás como nunca en su existencia como república. Para algunos, eso significa que vivimos la peor de las anarquías, anclados quizás en aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor”, para mi gusto, la peor de las mentiras. ¿O es que afirmar eso no es crucificar nuestras propias ilusiones y lo peor, las de nuestros hijos? No sé los suyos, pero al menos los míos no me perdonarían que les negara construir un mejor futuro, su futuro.Pero, entonces, ¿en qué andamos con tantos frentes abiertos? Creo que construyendo una sociedad más diversa, en la que los derechos y las libertades se cruzan entre sí. Una sociedad empeñada en ser más plural, cada vez más lejana de los tiempos sombríos del Estado de Sitio, los allanamientos y las empapeladas a la madrugada, la militancia ideológica a rajatabla en las secciones de editoriales de los diarios y la confesión religiosa del Estado. Claro está que nos falta fondo. A todos, bueno, a casi todos, para no herir a los genios. Ocurre que en estas discusiones sobre lo divino y lo humano solemos quedarnos en la superficie, pero, qué carajo, debatimos, con menos violencia letal, de esa del pasado inmediato. Sí, de acuerdo, con esa otra violencia verbal abordo, la que abunda en los foros y en las redes sociales, pero eso se irá decantando. Los energúmenos son minoría. Y en cada caso, para zanjar, serán al final los altos tribunales los que digan la última palabra. O la penúltima, porque en Colombia siempre hay un nuevo recurso por surtir. Y si bien la discusión seguirá su marcha, acataremos, gustándonos más o gustándonos menos, lo que se decida. Por encima de tantos dolores y frustraciones, y por encima incluso de esa polarización que no nos va a llevar a ninguna parte, me gusta más esta sociedad que toma posiciones a aquella obligada a pensar en una sola dirección. En el disenso está la clave. ¿Y saben cuál es la gran diferencia con el pasado?: que comienza a ocurrir algo que no había pasado antes: ahí en, esos debates, cada vez cabemos más. Para que, quizás un día, quepamos todos.

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