País de hervores

Abril 14, 2014 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Es cierto: las aguas de la reacción ciudadana a los ataques con ácido han tar-dado en bajar. Quizás el carácter terrible de los atentados, más el hecho de que la ola no parece detenerse (cada día aparece un caso más espeluznante que el inmediatamente anterior), han calado hondo en la sensibilidad. Eso sí, no lo duden, esa corriente que clama justicia pronto desaparecerá para reen-carnarse en otra, en la de turno. Así es este país de hervores, esta sociedad de efervescencias y calores.Por supuesto, el resultado de esa forma particular de asumir las cosas no puede ser otro que una serie de medidas improvisadas que pretenden dibu-jar un supuesto imperio de la ley. Recompensas, líneas ciudadanas, ruedas de prensa de funcionarios con ceño fruncido, grupos especiales de operación y demás constituyen el menú oficial postraumático que procura vender con-fianza. La verdad, con escasos resultados. Y es que (bueno es que lo sepan ellos, los del poder) poco se puede pedir frente a la impunidad histórica…Y así siempre. Vivimos de reacción en reacción. En realidad, de improvisación en improvisación. No es Colombia un país en el que se manejen procesos. Una administración cercena casi siempre lo que viene de atrás y comienza una nueva vida desde el mágico número cero. Y así per omnia saecula saecu-lorum, al menos en el sector público.Y de ahí nacen entonces las políticas de gobierno y, no menos, las respuestas a las piedras que se atraviesan en el camino, que, a la final, son las que ter-minan marcando la pauta. Entonces, dirigentes y pueblo se sumen en ese torbellino de buscar una aspirina para cada dolor.Y así pasamos, de atrás para adelante y solo para citar algunos casos, de los falsos positivos a las ‘chuzadas’ en altas Cortes, sin que haya resultados con-cretos, mientras muchos culpables andan sueltos. O del feminicidio, por ejemplo en Antioquia, a las decenas de muertos por balas perdidas. Aparte del despliegue mediático, nada. Sí, nos indignamos por tantas y tantas muje-res asesinadas, ¿y? A la vez, supimos cómo toda bala que sube termina por bajar. Pero, ¿cómo estamos combatiendo de fondo esas expresiones de vio-lencia tan arraigadas? Lo único en lo que se ven progresos es en la reducción de homicidios cometidos por conductores ebrios.Pasamos también de la guerra a la paz, sin matices; y de las escandalosas ci-fras de maltrato y abuso infantil, al reclutamiento de menores por parte de los grupos armados ilegales. Enseguida, a los privilegios de quienes purgan penas en guarniciones militares. En cambio, la educación, a la trastienda. Los malos resultados en las pruebas Pisa no nos produjeron ni frío ni calor.Ahora, acabamos de saltar de la mortandad de animales en los llanos del Ca-sanare a las tenebrosas ‘casas de pique’ y a los ataques con ácido. Ya llegará algo con qué refrescar la agenda. Un nuevo hervor y otra aspirina. El pacien-te, igual, gracias.Sobrero: Hace poco estuve en una misa de aniversario en una humilde parro-quia bogotana. Me sorprendió la forma despectiva cómo el sacerdote que oficiaba se refirió a los profundos cambios que impulsa el papa Francisco en el seno de su iglesia. Aparte de echarnos la culpa a los periodistas de ‘inflar’ lo que estaba sucediendo. Ojalá que el mea culpa de esta semana sobre la pederastia le sirva al padrecito aquel para reconsiderar lo que piensa de su jefe en la tierra. No solo creo que no lo hará sino que estoy seguro de que hay más de uno de sus colegas que piensa igual. Menos mal habrá Francisco para rato. Eso espero.

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