¿Ordóñez o Petro? No, gracias

Diciembre 16, 2013 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

El uno: “Lo de Petro son pataletas de guerrillerito bravo, todavía cree que está en el monte, a donde seguramente regresarᅔ. El otro: “…para Ordóñez, todo señalamiento de paramilitarismo es falso”.Ambos comentarios, denigrantes, publicados en la página web de este diario, por parte de embozados tras un seudónimo, son reflejo de cómo la destitución e inhabilitación del Alcalde Mayor de Bogotá por parte del Procurador polariza al país. Aunque ellos dos, Alejandro Ordóñez y Gustavo Petro, recogen las tempestades de los vientos que han sembrado. Desde que se montó ahí, Ordóñez ha tenido, al lado de algunos aciertos, la intención de hacer de esta nación un Estado ultraconservador. Olvida que es el Procurador General de todos los colombianos. Ha pretendido, además, llevarse de calle a abortistas (incluidas a las que ampara la ley) y a la población Lgtbi.Eso sí, Ordóñez siempre ha sido la misma vaina. Otra cosa es que en el Congreso lo nombren (incluido Petro) y lo reelijan, a sabiendas de lo que es capaz. Bueno, es que ante semejante teta de tetas que es la Procuraduría no hay apetito burocrático que se resista. En resumen, Ordóñez tiene más poder que credibilidad. Su sectarismo se refleja en la extrema inhabilidad de quince años al alcalde. Por el lado de Petro tampoco es que escampe. Al igual que el Procurador, tiene cosas para mostrar, pero sus desaciertos no son de poca monta. El más grave, el de las basuras. “Falla de gestión”, la llaman sus defensores, cuando puso en riesgo la salud de 8 millones de habitantes. Pero en donde ha dejado ver su catadura es en el “déspota” en que se ha convertido. Así lo han calificado colaboradores que se marcharon maltratados y decepcionados. Es el mismo obtuso que pone trabas para evitar la construcción de viviendas gratuitas para los más humildes; y el que se niega dar agua a municipios vecinos que la necesitan. No hablo sobre los toros por ser parte de la minoría a la que violó sus derechos. Súmenle el infortunado capítulo de su incendiario discurso en la Plaza de Bolívar el martes 10. Petro también debería recordar que no solo es alcalde de quienes lo eligieron sino todos en esta caótica urbe. El uno cree encarnar la moral pública; el otro, el cambio social. Permítanme que, en ambos casos, lo dude. Aquí hay que hablar es de democracia e institucionalidad. No puede seguir estando la voluntad popular a merced de la omnipotencia de un funcionario. Los gobernantes pueden ser destituidos e inhabilitados, cómo no. Pero así como como a los organismos de control no se les puede dejar sin dientes, es inaplazable establecer mayores garantías, al menos una instancia más, para quienes estén bajo su lupa. Y, como cualquier paisano, esos mismos gobernantes están para acatar las decisiones de la ley, eso sí, tras ser objeto de procesos con todas las garantías. Bogotá debe volver a la normalidad cuanto antes, mientras siguen su curso los recursos legales a que Petro tiene derecho. Ya dirán lo que tengan que decir los jueces ¿Qué tal que los centenares de alcaldes sancionados por Ordóñez hubieran levantado cada uno su propia plaza Tahir? Y tampoco tiene razón que el proceso de paz se convierta en caballito de batalla de los argumentos del petrismo. Eso es chantaje. Y ojalá que la llegada de la Fiscalía a este cuadrilátero de relevos de pelo contra máscara sirva para hacer claridad y no termine en otro (¡uno más!) choque de trenes. La cumbre Presidente, Procurador y Fiscal debe dejar más que un compromiso de buenas intenciones. Las instituciones no pueden seguir sometidas al vaivén de los caprichos particulares. Después le preguntamos a la gente por qué no cree en nada ni en nadie. ¿Cuándo dejará esta sociedad de ser un acto de fe?

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