“¡No tenemos miedo!”

“¡No tenemos miedo!”

Agosto 20, 2017 - 11:55 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Lo de Barcelona, hiela la sangre. No hay peor forma de cobardía de quienes hacen del fanatismo religioso (viejo invento y el peor de todos los fanatismos) su razón para cargarse de manera indiscriminada la vida de personas, a nombre de ese que dice ser su dios y que los asesinos invocan mientras cometen atrocidades como la sucedida en Las Ramblas.

En ese sentido, el terrorismo es un arma hecha a la medida para cumplir con el doble cometido que ellos pretenden. Uno, castigar a “los infieles”, a los que quieren (nos quieren) imponer su credo y su estilo de vida. Y dos, meter miedo para sobredimensionar la verdadera capacidad de daño que tienen.

Porque está claro que esta guerra no la van a ganar los extremistas, pero quieren dejar la sensación de que tras ocho atentados como este, y otros que vendrán, la están ganando. Hay que cerrar el paso a esa percepción, sin dejar de reconocer que esta será una larga batalla en la que pesan mucho, tanto las formas más escalofriantes con que atacan, como los los efectos de la información en el seno de la globalización.

El mundo debe prepararse para convivir con una yihad condenada por las mayorías musulmanas, pero soportada por dogmáticos y Estados que la alientan bajo la mesa. Pero la pregunta es: ¿por qué la comunidad internacional no actúa como un solo hombre en materia de inteligencia y cooperación para minar los alcances de los fundamentalistas? Las razones van desde el celo histórico entre las agencias de seguridad estatales hasta las medias tintas de algunos para hacerles frente, pasando por la propaganda gratuita que se les da.

Por supuesto que España sabía que estaba en la mira. El atentado del jueves era, como lo dice el periodista José María Irujo, inevitable. Es más, se sabía que debía pasar en la catedral de la Sagrada Familia o en algún trecho de ese famoso pasea peatonal donde sucedió. Lo que no se sabía era cuándo pasaría y cuál sería la hoz que emplearían.

De ese tamaño es nuestra fragilidad. En apariencia, no sirvieron centenares de seguimientos, ni la interceptación a montones de líneas telefónicas, ni las detenciones de decenas de sospechosos. No, para evitar esta matanza; pero sí, para abortar otras. Y también para cerrar el cerco a este tipo de células, que además se nutre de gentes a las que adoctrinan fácil, sin invertir más que en odio y resentimiento.

Si algo hay que hacer es mantener siempre el valor de la institucionalidad. En las horas subsiguientes a los lamentables hechos de los últimos meses en diferentes lugares del planeta, lo común ha sido ver a los jefes de gobierno acompañados de todas las formaciones políticas.

¿Qué puede obligar a una sociedad a cohesionarse más que el artero ataque al corazón de ella misma, como acaba de suceder en España? Eso no significa renunciar a los postulados. Y menos, a las diferencias. Ya habrá tiempo y lugar para ellas. Hace poco, en Colombia, con motivo del atentado en el Centro Andino de Bogotá, vimos saltar el oportunismo político más rastrero, cuando aún no había cesado el eco de la explosión. Eso es tirar piedras al tejado.

Como tampoco es aconsejable salir con juicios apresurados a las autoridades encargadas de la seguridad de los ciudadanos. Ahí debe primar la ponderación. Se lucha contra un enemigo invisible, que ahora convierte un automóvil en arma de guerra. Mañana, quién sabe a qué recurrirá.

Con esto que ha vuelto a pasar con España como objetivo, debe quedar claro que la vida sigue, con el enemigo adentro. Es urgente estar más juntos que nunca, porque como dice Frédéric Beigbeder, “el terrorismo lo único que hace es reforzar la libertad”. Y si algo deben saber los terroristas es que, como grita duro y claro hoy Barcelona, “¡no tenemos miedo!”.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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