No más silencio

Diciembre 12, 2016 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

¿Cuántas personas pudieron atravesarse en la mañana de ese domingo a la barbarie de Rafael Uribe Noguera para impedir que atentara contra Yuliana? ¿Acaso, los vecinos de la familia de la niña que oyeron los gritos de auxilio del padre de la niña, cuando Uribe Noguera se la llevó a la fuerza, y no reaccionaron a tiempo? ¿De pronto, el portero del edificio, que ahora apareció muerto? ¿Quizás, los habitantes de los pisos de abajo o de arriba del apartamento donde sucedieron los hechos atroces, que ya conocían de los antecedentes del tal ‘Rafico’? ¿A lo mejor, algunos allegados del asesino, violador y torturador (vale, presunto), que toleraron lo que hacía y a lo que apuntaba ser; esos mismos que, ha dicho la Fiscalía, alteraron la escena del crimen?Ya (ojalá) lo dirá la investigación. Pero esas no son exactamente las preguntas que deberíamos hacernos, sino otras muy parecidas, comenzando por estas: ¿Cuántas veces hemos sido esos vecinos, esos porteros y esos allegados indiferentes? ¿Hasta cuándo vamos a seguir siendo indolentes frente a tantas formas de abuso y violencia?Qué duda cabe que somos una sociedad enferma. Incluso, cada día superamos ese horrible espiral. Pero si existe alguna forma de medir lo mal que andamos, una de ellas es la indolencia o el ‘importaculismo’ del que hemos decidido formar parte. Hace rato compramos aquello de no meternos en donde no nos llaman. Y ahora pagamos el precio de ese “no es conmigo”. Hasta cuando nos toca. Entonces, como en el verso de Brecht, ya es demasiado tarde.Es un hecho que los individuos de una sociedad que se enconchan para salvaguardarse, no solo la fragmentan sino que se mienten. A la final, ellos, y nosotros, siempre estaremos haciendo esa fila de probables presas del crimen. A la espera de que nos salve la suerte. Eso sí, indiferentes a la de aquel que no la tuvo. En Colombia, en promedio, se denuncian cuatro casos diarios de violación de niños, pero todos sabemos que esa realidad es más cruda. Aquí mismo, el esclavismo sexual de menores, al que mal llaman prostitución infantil, se puede ver en las principales ciudades. Súmenle el hecho de que de cada diez episodios de abuso sexual contra mujeres, siete se cometen contra niñas. ¿No es eso suficiente para que ellos -y todos cuantos padecen este tipo de violencia- se conviertan, por encima de todo, en prioridad del Estado? Pero aceptemos también que esta es responsabilidad nuestra. No para hacer justicia por mano propia. O creer que la solución exclusiva está en el endurecimiento de las penas. Hagamos más bien de la educación y de la prevención nuestras herramientas. Urgen más ojos avizores y oídos despiertos.No puede existir forma alguna de abuso o de atropello que nos resulte indiferente. Es injustificable que ante los despojos de las víctimas hay quienes luego salen a decir, muy olímpicos, que ellos veían que eso era frecuente y que, qué vaina, mire en lo que terminaron las cosas. Eso es física complicidad.Una voz a tiempo puede impedir una tragedia. Como es momento indicado para, al lado de las acciones de la Justicia, ejercer la sanción social. Todo aquel maltratador no puede ser considerado vecino (a), menos, amigo (a). Es un delincuente, hay que comenzar por aislarlo. Esa es la primera alerta. Así se hace en muchas partes y funciona. Rosa Elvira Cely, Yuliana, Natalia Ponce de León y miles más, cada una con su tragedia, simbolizarán, a la luz de la historia, qué tan bajo llegamos en estos tiempos como comunidad. Entonces, todo lo que hagamos ahora para impedir que sus historias se repitan es el mejor homenaje que se les puede rendir. No callemos más, denunciemos ya.Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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