Más que ‘bravas’

Abril 25, 2016 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

La invitación de la División Mayor del Fútbol Colombiano, Dimayor, para que las familias vuelvan a los estadios debería tener un asterisco: “*Padres, esta campaña sólo aplicará cuando estén dadas las condiciones de seguridad que garanticen su integridad y la de los suyos”.¿Se puede hoy, de manera desprevenida, ir a fútbol en Colombia? Depende. Si usted asiste a un Fortaleza vs Jaguares, corre riesgos no mayores a que los niños se le duerman y su señora le quite el saludo.Pero, en serio, si usted elige un partido, en la A o en la B, en el que los protagonistas son los denominados ´grandes’ (Nacional, Millonarios, Cali, Júnior, Santa Fe, América, Medellín, Caldas y Tolima), piénselo dos veces. O tome las debidas precauciones, aquellas, bajo las que concurrimos quienes vamos a fútbol con frecuencia (soy uno de ellos). Si no, terminará arrepentido o lastimado.Por ahí debería comenzar esa tarjeta que nos extiende la Dimayor. Por advertir que lo más indicado es asistir exclusivamente a partidos en los que el equipo de su gusto juegue de local. Aunque tampoco en ese caso cometa el error de bajar la guardia.El tema son las ‘barras bravas’. Las mismas que con cualquier camiseta encima se volvieron factor cotidiano de violencia, una de las tantas violencias con las que nos acostumbramos a vivir y, ahora, como si fuese poco, a exportar. En menos de dos meses sumamos enfrentamientos de barras de Atlético Nacional y el Independiente Medellín en la capital antioqueña; destrozos de las de Millonarios en el estadio de Manizales; el capítulo reciente de las del Cali en Palmaseca; y los actos delincuenciales en Lima, Buenos Aires y Asunción por parte de barristas de Nacional, Cali y Santa Fe, respectivamente. ¿Hasta cuándo? Por lo visto, hasta que les venga en gana. Porque este asunto se quedó en un viejo y trasnochado diagnóstico, del que no hemos pasado. Estamos, se ha dicho una y otra vez, ante un problema de jóvenes que provienen de sectores marginados, muchachos sin oportunidades que encontraron en el fútbol un tubo de escape.Pero, ¿y? Señores, no nos digamos más mentiras, todo eso subió hace rato a otro piso. Detrás del drama social hay una estructura a la que no me atrevo a llamar criminal, pero que mucho se le parece. Ahí concurren violencia, porte de armas y microtráfico. Ah, y explotación sexual de niñas a las que se les trueca el derecho de formar parte de las caravanas a cambio de permitir que los ‘capos’ hagan con ellas lo que quieran.Las preguntas abundan, para la Dimayor y para las autoridades: ¿Quiénes están detrás de estas estructuras? ¿Hay efectivas tareas de inteligencia para desmontarlas? ¿Cómo se financian? ¿Quién las financia? ¿Cómo es que estos pobres e incomprendidos resultan en Buenos Aires, Lima o Asunción? Y una más a la que también tienen derecho todos los colombianos, amantes o no del fútbol: ¿Cuánto nos cuesta el despliegue de miles de efectivos policiales cada vez que hay fútbol?Claro que quiero seguir llevando a mis hijos y nietos al fútbol. Pero no bajo el terror impuesto por quienes, por ejemplo, ahora interrogan en los estadios por qué no vamos con tal o cual camiseta. O por aquellos que hace rato trazaron fronteras invisibles en los alrededores de ciertos estadios, por donde transitar con un color u otro significa jugarse la vida. Mientras eso siga así, me parece que su campaña, señores de la Dimayor, suena bien desde su palco, Pero aquí abajo, en la tribuna o en las calles, que es donde las papas queman, la cosa es a otro precio.

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