Los títeres y el titiritero

Enero 30, 2017 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

A la hora que esta columna aparezca, ya se sabrá qué sucedió ayer a la entrada y salida de La Santamaría con los aficionados taurinos que decidieron (decidimos) jugarse el pellejo por segunda vez frente a las agresiones de los animalistas ultras (y otras especies). Esos mismos que convirtieron el atentado personal en la mejor forma de difundir su respetable causa.Espero, eso sí, que se hayan cumplido las medidas (tardías, además) anunciadas por el alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, para garantizar la libre movilización y la integridad de quienes asisten a un espectáculo como lo son las corridas de toros, autorizadas por la ley y avaladas por la Constitución Nacional. Bueno, hasta cuando la Corte quiera y hasta cuando los políticos quieran. Porque estamos más en manos de los segundos que de la primera. Los toros –quién lo iba a creer– se han convertido en una veta sin par a la hora de sumar adeptos. El populismo, tan en boga, también da para eso. Lo que no se podrá olvidar son los atropellos de aquellos vándalos que, en manada, hicieron lo que quisieron el domingo 22 de enero, en la reapertura de La Santamaría. Porque no les bastó lanzar todo tipo de sustancias contra quienes caminaban rumbo a la plaza, sino que la emprendieron de la peor manera contra personas, en su mayoría, de edad avanzada. Ver a mujeres y hombres de la tercera edad ultrajados y golpeados, me hizo evocar ‘Los días del miedo’, de Antonio Montaña, y a ese hombre de la portada que paga con sus huesos rotos el precio de disentir. Como muchos lo pagaron ese febrero de 1956, en la tristemente célebre corrida de la masacre que protagonizó la dictadura rojaspinillista. Estos canallas que ahora pegan a los más débiles y huyen entre carcajadas y efluvios de las sustancias que trastornan sus cabezas y sus acciones, siguen esa misma línea, la de quienes quieren imponer por la fuerza sus ideas. No de manera gratuita. Porque de algún lado deben salir los recursos para moverlos. Aunque no hay que romperse la cabeza para deducirlo, basta con mirar, y oler, a los aprendices de sátrapas que los instigan en el mismo lugar de los hechos. Pero el tema va más allá. Lo que pasó en La Santamaría ese día –y puede seguir pasando-, es una prueba más de que esta sociedad persiste en la eliminación del contrario como camino más corto para superar las diferencias. Estos, dizque antitaurinos (que no son todos, porque ahí está el comportamiento ejemplar que observé en Cali en la pasada Feria y en los alrededores de Cañaveralejo, por parte de jóvenes opuestos a la fiesta brava), son apenas una parte de un fenómeno que nos tiene agarrados por el cuello.Son de los mismos antis que, como pasó hace unos días, persiguen a quien sospechan sirve a Uber para quemar su vehículo y dejar sentado así un precedente de miedo. O aquellos que matan por una camiseta de fútbol que no es la suya. O los que creen que un líder agrario menos es el mejor camino para incendiar un país. O los que intentan acabar –por la fuerza y la descalificación- con las minorías que no van con sus preceptos políticos o religiosos.Por supuesto que ser ‘anti’ es una opción y el disenso es parte fundamental de la democracia. Pero esas diferencias se deben debatir en los terrenos de la inteligencia y del respeto. Todo, sobre el supuesto que quienes obran así actúan más llevados por las tripas que por la razón. Lo que no pasa de ser una ingenuidad, porque sería negar que detrás de los títeres siempre estará el titiritero. Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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