La vida en el infierno

La vida en el infierno

Febrero 03, 2014 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Se llamaban Rafael, Alexánder, Deivi, Adolfo, José, Edgardo, Luis, Álvaro, Rolfy, Johanys y César. Son los muertos por el incendio en la Cárcel Modelo del Atlántico. Sus deudos los lloran y el país mira para otro lado. ¿Hasta cuándo?, es la pregunta. Sobran los diagnósticos, valen más los testimonios, como este, el de un hombre que conoció el infierno por dentro:“Esta no es más que mi memoria, la de un hombre que conoció el horror de nuestras cárceles, ese que soportan miles de colombianos, los reclusos, invisibles a los ojos de la sociedad y de la ley.Por circunstancias de la vida, terminé preso durante largos meses en uno de los más grandes penales de Colombia, antes de que la Justicia admitiera su error y me pusieran en libertad. Sin embargo, no es la condición de inocente la que me lleva a contar lo que se vive allí, es la violación de todos los derechos la que obliga a alzar la voz para que situaciones como las que acaban de suceder en Barranquilla no pasen nunca más, aunque lastimosamente creo que eso tardará en llegar.Comienzo por el hacinamiento, que va más allá de esas imágenes de los noticieros en que se ven hombres obligados a dormir sobre un trozo de cemento que no tiene más de dos metros cuadrados. Hablo, por supuesto, de las cárceles normales. Logré (ya saben cómo) que me dejaran una celda, en teoría, asignada para una persona. En realidad, la compartíamos dos.El pasillo tenía doce celdas, pero nos alojábamos allí 24. Éramos, por llamarlo de alguna manera, los de mejor estrato. Afuera entre las dos paredes, se acomodaban otros menos favorecidos por sus escasos recursos, lo hacían en colchonetas, uno a cada lado. Es decir, eran más de 24, unos 30. Así, lo que estaba destinado para doce ya tenía 54 inquilinos. Y no es todo, en las afueras, pero siempre en el mismo sector, entre 30 y 40 dormían en peores condiciones que quienes lo hacíamos en celdas y pasillo. Unos 90, donde debía haber no más de una docena…Ahora que nos espantamos con lo que pasó en Barranquilla, recuerdo el día en que hubo motín en nuestro patio, como protesta del ‘presidente de patio y los presidentes de pasillo’ (así se les llama) por una intervención de la Guardia y de la Policía, a raíz de un tiroteo que se dio entre dos jefes que se enfrentaron entre sí. La gente de la guerrilla, que se hacía llamar ‘La Fuerza’, voló el candado más cercano y prendió colchones y sábanas en procura de llegar al patio. En esa ratonera, entre el fuego y el humo, me vi en las últimas. Al final, no hubo muertos. En Barranquilla, sí.¿Cómo pueden pasar gobiernos y gobiernos sin que se preste atención a un problema de semejantes proporciones? ¿Saben nuestros gobernantes cómo es la vida allí? ¿Han probado algún día el chocolate y la avena que se reparte en canecas de 50 galones o el pan que las acompaña? ¿Puede vivir alguien de ese, casi siempre, ‘masacote’ de arroz y papas al que llaman almuerzo? ¿O saben qué hay que hacer para tener derecho, bajo cuerda, a una alimentación apenas digna?¿Conoce el señor Ministro de Justicia, que dice estar “compungido” (aunque no sorprendido porque, ¿acaso no fue antes Fiscal y Procurador?), de que se mantienen vivas estructuras en las cárceles que prometen, a cambio de cuotas, algo de seguridad, una visita conyugal sin sobresaltos y derecho a utilizar los teléfonos celulares con los que se puede llamar al exterior?Dicen que a la cárcel entra el hombre, no el delito. Falso. A la cárcel entra el hombre, junto al delito, y lo espera algo peor: el infierno. Así, ¿cuál resocialización?”.

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