La tierra y la sombra

Agosto 03, 2015 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Atribuyen a Alfred Hitchcock aquello de que cuando le preguntaron por la mejor película que había visto en su vida, el maestro señaló una cinta que solo figuraba en su (prodigiosa) cabeza. Consistía en la edición de la suma de maravillosos instantes que habían desfilado ante sus ojos en horas y horas de cine que había presenciado como espectador. Seguramente, me permito agregar, de momentos de películas buenas, regulares y malas, porque en el cine siempre te llevas algo a casa.Creo que si el genio que fue Hitchcock resucitara, se quedaría con muchos instantes de ‘La Tierra y la Sombra’, esa película que reconforta (porque enseña una vez más la dimensión del talento humano para hacer obras maestras como esta) y al mismo tiempo duele (en lo más profundo, como siempre pasa cuando la realidad toca a las puertas de la casa, o en este caso, de la butaca en la sala de proyección).Y no sé si porque está ahí pintado de pies a cabeza este Valle del Cauca, desde las más certeras perspectivas, o porque uno no termina de fascinarse con los papeles de esos actores naturales que la fortuna quiso que coincidieran, es que el largometraje del director César Acevedo fascina y estremece. Como también lo hacen los actores naturales de una familia sin ‘más sobresaltos’ que la pobreza, el olvido, la explotación y la resignación de unos y la valentía de otros, algo muy parecido a lo que uno se topa por aquí en cada palmo de terreno.Aparte de que la historia tiene esa capacidad de voltear a mirar al pasado desde un presente empeñado, en vano, en enterrar ese ayer. ¿Qué hubo aquí antes, me pregunto con ingenuidad en esa condición de recién llegado a estas tierras? ¿Algo más que estos interminables cañaduzales que tapan la vista no solo al paisaje sino quién sabe a cuántas otras realidades? Y claro está: ¿por qué? y ¿para qué? Ah, y lo más importante, ¿a cambio de qué? Realmente, ¿a cambio de qué?Quizás no sea el propósito de Acevedo llevarnos tan lejos. Suelen los autores encontrar en las miradas hechas desde afuera a sus obras cosas a veces sorprendentes e incluso extrañas. Como hay jirones propios, autobiográficos, en esos arrebatos por dejar huella. Por eso, entre los personajes de La Tierra y la sombra, y la vida misma de Acevedo, según las confesiones de su propia vida, hay líneas mutuas que se entrecruzan; la vida misma.Alguien podrá decir que en esta película no hay sino más de lo mismo. Y es posible que sea cierto. Pero ocurre que la sensibilidad que sedujo a Cannes nos seduce a nosotros con la misma fuerza que el fuego pone fin a una cosecha y sirve de partida a la siguiente, o con la fuerza del a borrasca que corre detrás de los carros cañeros. Esa es la gran diferencia que consigue ’La Tierra y la Sombra’, sorprendernos con lo que, de manera absurda, hemos convertido en cotidiano.Sobrero: No me sorprende la decisión mayoritaria del Concejo de Bogotá de aprobar la consulta antitaurina en la capital de la república. A las puertas de las elecciones locales eso significa apelar a la demagogia y el populismo para sumar incautos en las urnas, mangos bajitos dignos de estos tiempos. Eso sí, espero que el Tribunal Administrativo de Cundinamarca defienda la Constitución. Y aunque tengo parte en este asunto, como taurino que soy, no sobra la advertencia del riesgo que representa abrirle paso a las consultas para definir cualquier debate en el seno de nuestra sociedad, un camino equivocado que termina por golpear a la institucionalidad y abrazar el estado de opinión, aquel en donde solo mandan y existen las mayorías. La democracia no es precisamente eso.

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