La paz silenciosa

Diciembre 28, 2015 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Igual que tantos, mi fecha más esperada de 2016 es el 23 de marzo. Aspiro a que entonces -días más, días menos– el acuerdo entre Gobierno y Farc se selle, no solo con un apretón de manos sino con un ¡Nunca jamás! que ponga fin a este triste capítulo, uno de los tantos de nuestra tormentosa vida nacional. Sobra anticipar desde ahora que la paz (esa paz) no será el modelo perfecto que tanto piden algunos, porque, como siempre se ha dicho, ella, la paz, es imperfecta.Pero en un día como hoy no quiero andar tirando línea sobre un debate que, más allá de los detalles (en los que está el diablo, como suele estar también en lo grueso), dará mucho sobre qué discutir antes y después de esa fecha. Igual pasa con cualquier gran acontecimiento.Tampoco la paz tiene una definición única. A mí, siempre me ha parecido una utopía, quizás porque me levanté durante casi todas las mañanas de mi vida a comprobar que estaba muy lejos del alcance de las manos de este país. Bueno, al menos hasta hace un año cuando comencé a verla más cerca y a sentirla más cerca. Incluso, a tocarla. No solo la que construyen las partes en el proceso de negociación en La Habana, sino esa paz invisible que se siembra y germina en muchos rincones de Colombia, hecha por gentes que le han plantado cara, a pecho descubierto, a la guerra, como la paz, también diversa. Porque la guerra es plomo, sí señor, pero también injusticia (o mejor, injusticias), olvido, exclusión, abandono, inequidad, corrupción, indiferencia…Esas mismas gentes no han figurado realmente en las agendas de los centros de poder. Tampoco en las de los grandes medios de comunicación (ahí van mis golpes de pecho), porque si algo ha sido centralista en este país ese es el ejercicio periodístico. Con ellos o sin ellos, mujeres, hombres y niños han ido construyendo, mediante organizaciones sólidas, una sociedad más justa, participativa y solidaria, un país invisible. Ellos tienen nombres y apellidos, no son un invento. Se llaman Germán, Beatriz, Carlos, July, Benedicto, Bladimir y miles más. Usted los encuentra en una sabana tostada por el sol al norte del país, al lado de cultivos de papaya y plátano, o en un centro de procesamiento de camarón del Pacífico o en una planta de queso industrial trepada en esas montañas a las que los colombianos subimos poco.Sacan además cacao, panela, caucho, arroz, café, e incluso los exportan, con el apoyo, en principio, de oficinas del Estado y de la cooperación internacional. Pero, luego, vuelan solos. Hacen la paz silenciosa, sin más ruido que el de sus cosechas y su pasión por la vida. Hoy sus productos comienzan a viajar al exterior.Más allá del pos acuerdo, la paz silenciosa es el auténtico posconflicto. Es la generación de oportunidades hecha por quienes, a partir de la falta de oportunidades, apostaron por la legalidad, cansados de la ilegalidad. Ayer no más eran cocaleros, mineros ilegales, o desplazados. Hoy son orgullosos líderes que entendieron el camino del emprendimiento desde la única definición que los podía sacar del agujero donde estaban, el trabajo colectivo. Y a buena hora, supieron darle la espalda a los grupos armados ilegales, a la politiquería y a tantos oportunistas disfrazados de Mesías que asaltan en los caminos. Ojalá que ese decisivo acuerdo en La Habana acepte que tiene mucho que aprender de esta otra paz, hecha con la sabiduría de quienes, azotados por la guerra, comenzaron a creer que había que ser parte de la solución. ¿Cuándo es 23 de marzo?

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