La paz de todos

Octubre 10, 2016 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

El presidente Juan Manuel Santos ha dicho que el Nobel de Paz es (aparte de suyo, cómo no) de los colombianos, comenzando por las víctimas, sin excepción. Es obvio, dirán algunos. Nos hemos criado con aquello de que “la paz es asunto de todos”.Decirlo entonces una vez más, incluso con un Nobel encima, podría ser la simple repetición de la repetidera. Sólo que en un contexto único como el actual, la paz sí es asunto de todos. No olviden, estamos a punto de enterrar 52 años de guerra entre el Estado y la guerrilla de las Farc. ¿Cómo puede ser, nos preguntamos hoy, si apenas ocho días atrás esa misma paz estaba obligada a morir y volver a nacer por decisión de las mayorías en las urnas, encima, con la cuenta regresiva del cese bilateral al fuego?La respuesta quizás está en la interpretación de un hecho trascendental: el plebiscito del 2 de octubre cambió este país, y no exactamente hacia el destino fatal al que algunos quisieron llevar los acuerdos de La Habana, sino todo lo contrario.A diferencia de quienes apostaron todas las cartas al domingo 2, la paz supo esperar porque sabía que lo suyo eran más el lunes 3, el martes 4 y el miércoles 5, y todos los días por venir. Antes que inmediatista y catastrófica, la paz apuntó a un futuro en el que todo se iba a ver más claro.Por eso, mientras el domingo aquel los partidarios del del Sí - no necesariamente santistas- llorábamos la misma derrota; y los del No – tampoco necesariamente uribistas - se sorprendían por una victoria que no estaba en sus cálculos; y los abtencionistas - ni santistas ni uribistas- comenzaban a lamentarse de su propia apatía, para la que ni siquiera tenían explicación, ahí, en medio de todo ese mundo en ebullición, la historia comenzó a cambiar.No sólo con la cita de Santos y Pastrana. O con Santos y Uribe estrechando sus manos. O exclusivamente en la lejana Oslo. No, la historia cambió en esa revolución silenciosa del imaginario popular.¿Cuál? Aquella que nos permitió ver, por encima de la desazón del fracaso y más allá de la vanidad de la victoria, que la guerra estaba ahí. Paradójico, ¿verdad? Como si no hubiéramos convivido con ella más de medio siglo. Y, por primera vez, para quienes jamás la habíamos visto cara a cara, sentimos que nos iba a tocar.Así, casi sin darnos cuenta, en la tarde de ese mismo lunes 3 ya nos importaban menos nuestros adversarios y más la inminencia de la vuelta de los tiros y de la muerte. O su regreso, porque también sin que nos diéramos cuenta, habíamos visto cómo se habían marchado durante meses, fruto de la tregua.El tono de beligerancia bajó el martes 3 y siguió cuesta abajo el miércoles 4. Hoy, diría yo, somos otros, sin que dejemos de pensar casi lo mismo que pensábamos antes. Hoy hay menos odio y más esperanza. Y mañana será mejor. Claro está, con sus excepciones. Igual. En el Olimpo, en el vecindario o en la redes sociales, donde muchos embozados hacen su agosto. Pero Colombia, mayoritariamente, es consciente de que nos estamos jugando el partido de la vida.¿Cómo pasó? No porque el No haya ganado y el Sí haya perdido, sino porque siempre hubo algo a que aferrarse: ese proceso que, con sus reparos, los más obcecados opositores terminaron por aceptar. Entendimos que aquí, o nos salvamos todos o nos hundimos todos (bueno, nos volvemos a hundir todos). Por eso, las manifestaciones espontáneas que salieron a las calles en Bogotá, Cali y otras ciudades juntaron a unos y otros en un solo camino.Falta llegar a la meta, quién lo niega, pero no vamos a dar un paso atrás en el objetivo final: la paz de todos. Incluso, la de quienes no la querían así, acordada, y ahora deben entender que ya es imposible apagar el mismo sueño de todo un pueblo.Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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