La otra Santa Rosa

La otra Santa Rosa

Diciembre 05, 2016 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

¿Cuál Santa Rosa, de todas las santarrosas de este país, conoce usted? ¿Acaso la de Cabal, tan cercana al Valle del Cauca? ¿O Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá? Quizás la de Osos, montaña antioqueña Y esa del Norte, a tiro de piedra de Cartagena. Acabo de toparme con otra, la Santa Rosa del Sur. La tenía en ese mapa absurdo de temores que uno construye a punta de la historia de tragedias que guían la historia nacional. Sabía que estaba en Bolívar, pero desconocía todo lo que ahora me saca mitad asombro y mitad admiración.Uno llega allí por obligación o por casualidad. No es fácil meterse seis horas en carro desde Bucaramanga. O aceptar servir de pasajero en un carrusel de transportes que lo trepan a uno a su área urbana.¿Trepar? Sí. Santa Rosa del Sur mira a distancia el Río Magdalena, cuando bien podría ser un puerto fluvial. Pero ocurre que a sus fundadores no les gustaba tanto el calor como para padecerlo y entonces echaron raíces en esos altos. ¿Por qué? Porque Santa Rosa del Sur es más cundinamarquesa, boyacense y santandereana que bolivarense, al menos en sus ancestros.Allí llegaron huyendo, primero, de la violencia bipartidista. Procedentes, casi todos, de municipios conservadores. Como en su momento y en otras partes del país debieron hacerlo otros por el mero hecho de ser liberales. Con el tiempo se les sumaron gentes de la región, dispuestas a salvar sus vidas de los nuevos actores (guerrilla, ‘paras’, agentes estatales que vendieron sus almas al diablo, bandas criminales al servicio del mejor postor y financiadores, a la sombra, de unos y otros). Por supuesto, tantas pestes juntas dejaron huellas profundas. Farc y ELN, con sus acosos de toda índole e intentos de toma del municipio; los paramilitares, con sus atrocidades (que si alguien las cuenta en toda su diabólica dimensión son las mujeres, quizás porque nadie las padeció tanto como ella); y, sobre todo, aquellos que marcaron con su complicidad a tanta gente inocente, luego de traicionar su juramento de defender la Constitución. Eso se ve en los ojos de quienes han padecido años de terror. Pero sobre eso mismo, o mejor, contra eso mismo, Santa Rosa del Sur ha sabido, en apenas 32 años de vida como municipio, erigir un presente en el que hay, con perdón de Diego Torres (autor del término), un color esperanza. Y, como lo dije hace unos días sobre Trujillo, en el Valle, mucho más allá de las decisiones de las administraciones locales. También en San Rosa del Sur y sin permiso de nadie, la gente echó a andar el futuro. Y a cuidar de él. Y de sus finanzas. De su megacolegio, o de ese coliseo que no tienen grandes capitales región de este país. De sus calles, pavimentadas por los propios ciudadanos en alianza con el estado, o del hospital por el que sacan pecho sus habitantes, en un país donde la salud no saca más que quejidos. Sin olvidar las amenazas. Las ambientales, que siempre dejará la explotación minera y los cultivos de coca. O las de los grupos al margen de la ley, incesantes en su merodeo. Santa Rosa del Sur resiste y avanza. En 2003 era uno de los municipios del país con mayor cantidad de hectáreas (2.800) pobladas de coca. Hoy ya no está entre los veinte primeros. A cambio, comercializa cerca de 1.000 toneladas de cacao que significan unos 7 mil millones de pesos al año, Y su café no se queda atrás, con unas 800 toneladas anuales que tocan puertas y abren mercados. Igual, en el campo o en sus calles hay un ejemplo de cohesión social que merece hacerse más visible e imitarse. Es el milagro de la otra Santa Rosa, la valiente del Sur. Sobrero: Me quito el sombrero ante la ejemplar y solidaria Antioquia. Inolvidable su forma de arropar y hacer propias a las víctimas de la tragedia del Chapecoense. Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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