La otra mirada

Julio 27, 2015 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Una vez estallaron los dos petardos con que el pasado 2 de julio se atentó contra las sedes de Porvenir en Bogotá, el director de la Policía, general Rodolfo Palomino, ofreció una recompensa de hasta 100 millones de pesos para quienes dieran pistas sobre los responsables de esas acciones terroristas. A la vez, el presidente Juan Manuel Santos, quien se encontraba entonces en Perú, en la cumbre de la Alianza Pacífico, emprendió apurado regreso al país y, una vez aquí, citó un consejo de seguridad al más alto nivel.Todo eso muy justo, más aún cuando a raíz del hecho mismo Bogotá entró en un estado de paranoia no gratuito, pues a través de las redes sociales misteriosos mensajes fieles al “algo va a pasar en este pueblo” alertaban sobre una oleada terrorista enfilada a presuntos blancos, entre ellos un prestigioso centro comercial. La marea tardó varias horas en bajar, pero al final lo hizo contra el querer, primero, de los autores intelectuales y materiales de esos hechos; y, además, a pesar de quienes en estos casos se frotan las manos en medio del río revuelto de la guerra.Casi un mes atrás, el país había visto a Tumaco sumarse en la tragedia de la catástrofe ambiental por la voladura del oleoducto trasandino que terminó tiñendo de combustible sus aguas con las que calman el hambre y la sed sus miles de habitantes. Entonces, aparte de las acciones encabezadas por Ecopetrol y el Ministerio del Medio Ambiente, entre otros, el país volvió a acordarse del puerto del olvido. Aparte de la condena a esa nueva locura de la guerrilla, no recuerdo recompensas de cien millones ni consejo de seguridad como el de Bogotá.Por supuesto que uno entiende que el golpe de opinión que generan hechos como los que tuvieron lugar en el Wall Street criollo de la Calle 72 y en el sector industrial en Puente Aranda de la capital del país desencadene a su vez efectos de proporciones en el alto Gobierno y en la gran prensa, mientras que a Tumaco se le dé lo que históricamente se le ha dado: poco y nada. Bueno, algunos titulares de prensa cuando pasan cosas como estas y ya nos veremos. Mejor dicho, hasta la próxima.Tampoco es que eso sea nuevo. Son las miradas de un país centralista por naturaleza. Centralismo que no se inventó esta administración; como tampoco la anterior, presuntamente acuciosa en las regiones; y eso sin mirar más para atrás, porque para qué. Somos centralistas y punto. Ya no solo del centralismo bogotano, sino de ese otro que le siguió el ejemplo, el de Cali, Medellín, Barranquilla e intermedias.Por eso no sobra saber cuáles son las miradas que hay en ese otro país. O sea, cómo nos miran desde el otro lado, sí, allá desde el olvido. La encuesta de Cifras y Conceptos en municipios azotados por el conflicto es muy diciente, comenzando porque allá la gente no cree que la mejor salida sea la militar (sin dejar de negar su escepticismo frente al actual proceso), lo que contrasta con los tambores de guerra que se tocan desde los cómodos sillones citadinos. Como diría mi abuela, por algo será.Sobrero: Lo de Nairo Quintana en el Tour es la ratificación de que estamos ante el ciclista más importante de la historia nacional. El ciclismo merece mayor atención de la empresa privada. ¿Qué tal, como propone el aficionado Juan Gonzalo Montoya, un equipo nacional de marca, como en los tiempos de Café de Colombia, en esta era de los Quintana, Urán, Anacona, Pantano, Chávez, Betancur, Serpa y demás? Aunque comencemos por volver a hacer una Vuelta a Colombia digna del momento que vivimos.

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