La memoria

Octubre 19, 2015 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Con el tiempo, y cada vez más, la sola evocación de Argelés-sur-Mer termina por sacarme uno de esos escalofríos tan particulares que la evocación de la guerra le deja a uno para siempre. Guardadas las proporciones o, mejor, en un paralelo con nuestra tragedia, oír decir Argelés-sur-Mer taladra el alma como cuando uno escucha Bojayá, El Aro, Machuca, El Salado o cuántas se les parezcan.¿Qué es Argelés-sur- Mer? Nada más que un lugar perdido en el sur de Francia, frente al mar Mediterráneo. O quizás eso es lo que el olvido -y quienes le hacen juego- ha pretendido que sea, como pasa con Bojayá, El Aro, Machuca o El Salado. Solo que las víctimas tienen más memoria que los verdugos, o al menos una memoria no tan selectiva.Y en Argelés-sur-Mer, y en un montón de lugares similares en la frontera franco-española pasaron hace casi 75 años demasiadas cosas graves que la historia oficial procuró tapar, como siempre, sin éxito. Cosas que ahora reviven, gracias al empeño de quienes no aceptan convivir con la mentira y obligan a su rectificación o, al menos, al reconocimiento. Sí, por fin hoy comienza a decirse que antes de los campos de concentración nazis, hubo otros campos de concentración en Francia que coincidieron con el final de la Guerra Civil Española. Allí terminaron hacinados cerca de 500 mil españoles, casi todos civiles, que buscaban abrigo en territorio vecino para escapar de las garras del franquismo. A cambio, encontraron un infierno que quizás les hizo añorar aquel del que huían.Un infierno, ese de Francia, que Robert Capa denunció con su lente y sus palabras: “los hombres allí sobreviven bajo tiendas y chozas de paja que ofrecen una miserable protección contra la arena y el viento (…) no hay agua potable, sino el agua salobre extraída de agujeros cavados en la arena”. Los guardianes, dentro y fuera de las alambradas, eran soldados coloniales nacidos en Senegal y Marruecos, que cumplían al pie de la letra la orden de cuidar de esos “extranjeros indeseables”, como los había denominado el propio gobierno francés de la época.Para la mayoría de esos cientos de miles las cosas se pondrían peor. Casi la mitad atendió la voz de Franco para que volvieran. Incautos, con el inri de rojos y republicanos, regresaron y así mismo les terminó de ir. Y con ese mismo estigma, muchos de los que permanecieron en Francia no tardaron en dar con nuevos amos: los nazis y los colaboracionistas. No es extraño entonces que en las listas de víctimas de los peores campos de trabajo, y a la vez de exterminio, de Europa abunden españoles. Otros, terminaron sus días en África. Y algunos escaparon para sumarse a las tropas aliadas y encabezar, vaya paradoja, la liberación de París.¿Cuál es la novedad? Que, por primera vez, el Estado francés reconoce esos atropellos, condena los mismos y asume su responsabilidad. Lo hace en torno al campo de concentración de Rivesaltes (gemelo de Argelés-sur-Mer), con un monumento a la memoria de quienes, como lo dijo el primer ministro Manuel Valls, “Fueron humillados. Se les quiso arrebatar la dignidad. Los que huían en busca de la libertad esperaban otro tipo de acogida. Eso no es Francia”.Sí, lo acepto, eso no es Francia. Pero la verdad sí es la verdad. En Rivesaltes, en Argelés-sur-Mer, en Bojayá, en El Aro, en Machuca, en El Salado, o en cuanto lugar, tomando palabras del propio Valls, a la gente “se le priva de la dignidad (…) con un desprecio total de humanidad”.

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