La marquilla de una tragedia

La marquilla de una tragedia

Mayo 06, 2013 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Tómese el trabajo por un par de minutos de mirar su ropero. Si encuentra que en algunas marquillas dice ‘Made in Banglades’ tómese ahora otro trabajo: el de saber que es probable que lo que usted pagó por lo que tiene entre manos patrocina la peor de las nuevas formas de esclavismo, tan aberrante como las que han avergonzado a la humanidad. El tema es de simple conciencia. Aunque sea tarde. De hecho, antes de que se fuera al piso el pasado 24 de abril el Rana Plaza, un ruinoso edificio en Daca, la capital de ese país, que albergaba varias fábricas de ropa, con cinco mil hombres y mujeres dentro (el saldo de víctimas es de más de 400 cadáveres rescatados, varios centenares de heridos y quién sabe cuántos desaparecidos), ya habían sonado alertas que nadie quiso escuchar. No más en noviembre pasado, un incendio mató a 112 personas a las que sus jefes inmediatos obligaron a volver a sus puestos de trabajo, pese a que las alarmas anti incendio se habían disparado y el humo presagiaba el tamaño del infierno que luego los abrasaría.Ese gesto, el de volver resignados a sus puestos de trabajo que se convertirían en tumbas minutos después, pinta el drama de gentes que ganan entre 70 mil y 150 mil pesos colombianos al mes, mientras las prendas que confeccionan viajan miles de kilómetros para terminar en escaparates de grandes superficies, con millonarias utilidades para quienes trafican –no hay otra palabra para llamarlo- con el sudor y la sangre de los bangladesíes. En ese entonces, las cifras que conocí para un artículo que escribí sobre el tema no me dejaron duda de que el caso de Bangladesh es uno de tantos -como Somalia ahora o Etiopía en su momento-, en que el mundo finge no darse por enterado, aunque otra sería la historia si naciones como ellas estuvieran paradas encima de recursos naturales dignos de la atención, o de la rapacidad, de las grandes potencias.Vean no más lo que pasa por las casi cuatro mil fábricas de ropa, en las que casi siempre se hacinan obreros sin ningún tipo de seguridad. Es de allí de donde resultan los 20 mil millones de dólares por concepto de exportaciones que le entran a Bangladesh, un Estado que, por supuesto, no alcanza a brindar las más mínimas garantías de atención a su población, alrededor de 150 millones de habitantes. La jornada laboral supera las 17 horas y uno de cada dos trabajadores no recibe pago de horas extras. Menos los millares de menores, entre los cinco y los 17 años de edad, a los que se les paga cualquier cosa. La ONU cree que en Bangladesh hay 13 millones de niños en actividad laboral.Por esa lista negra de quienes contratan mano de obra en Bangladesh han pasado marcas tan reputadas como Zara, el Corte Inglés, Walmart, Carrefour, H&M e Ikea, entre otras. Algunas han decidido salir de allí, no siempre por iniciativa propia sino ante la presión de ONG. Otras se mantienen en la cadena de negocio y las hay que esperan a que pase el temporal que desencadena cada tragedia, sabedores que son imprescindibles para una economía que depende de ellas. Sí, destinan ayuda para las familias de los que terminan calcinados o aplastados, pero es del mismo cuero del que salen esas correas solidarias. Es decir, a la final esas cuotas las pagamos con prendas como las que usted tiene puestas.Sobrero: Las investigaciones sobre el atentado al periodista de la revista Semana Ricardo Calderón deben arrojar resultados concretos. Es el momento de desenmascarar a aquellos que el maestro Otto Morales Benítez llamó “enemigos agazapados de la paz”, aunque más valdría decir que son enemigos agazapados de la democracia, a la que dicen defender.

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