La cruzada

Agosto 24, 2015 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

“Si efectivamente no se pudiera exigir a los niños el recato y el pudor al interior de sus instituciones educativas, ¿qué razones válidas existirían o podrían existir para exigirlas a los ciudadanos? Pero, en cambio, si el recato y la moderación son virtudes socialmente exigibles a los adultos, ¿entonces por qué no podemos formar a los niños en su ejercicio?” (Aparte del concepto de la Procuraduría General de la Nación en el fallido intento por limitar besos y abrazos entre alumnos de los colegios). Sin pretensión de resultar más papista que el Papa (digo, que este Papa, entre otras cosas tan distante de ese otro señor que dice ser el Papa), me he tomado el trabajo de buscar salvaguardas similares para la moral pública (con su natural efecto sobre la privada) de las que, no dudo, echaría mano ese organismo de control en su pretensión de traer de vuelta al redil a las ovejas que, considera, se le descarriaron. Son medidas que en el pasado sirvieron para preservar las buenas costumbres y la moral, y que -oh casualidad- casan perfectamente con esta cruzada dispuesta a hacer de esta tierra una sola y una sola sus gentes, como mandan los cánones que la inspiran. Mejor dicho, ¡al diablo la diversidad! Comencemos por aquí: “Algunos inspectores han observado que en algunas escuelas privadas asisten niños y niñas simultáneamente y en el mismo local. En vista de ello, y tomadas ya las necesarias providencias en los casos observados se pone en conocimiento de cuantos se dedican a la enseñanza, la obligación ineludible de suprimir radicalmente toda coeducación…” (*). Pero si eso se complementa con lo que sigue, se garantizaría el adiós a tanto apapuche y besuqueo: “Las parejas (bueno, no dice qué tipo de parejas) no deben salir solas. Los riesgos de la tentación son muchos y el maligno no descansa en su empeño de pervertir las almas puras. Por eso, es bueno que los novios vayan siempre acompañados por persona formal, con años y moralmente preparada, que sea para ellos como escudo que les libre de las tentaciones…”(*). Y claro está, es necesario aguantarse el “gustico”. O sea: “Esta sana precaución (la de la persona formal) no debe abandonarse ni cuando la formalización de las relaciones asegura la proximidad del Santo Sacramento del Matrimonio. Antes por el contrario: la cercanía del tálamo vuelve a los hombres más rijosos (arrechos) y a las mujeres más fáciles a entregarse con anticipo…”(*). Pero si, además, se evitan otras prácticas como el baile (comenzando por champeta y reguetón) se estaría del otro lado. ¿O no, señor Procurador? Miren no más: “el baile es gavilla de demonios, estrago de la conciencia, solemnidad del infierno, tiniebla de varones, infamia de doncellas, alegría del diablo y tristeza de los ángeles…”(*). Ahora bien, nadie desconoce el papel que en esa vertiginosa carrera hacia el abismo de la perdición cumple la parafernalia tecnológica. ¿Argumentos? “El cine (y hoy, las redes sociales) es la calamidad más grande que ha caído sobre el Mundo desde Adán acá (sic). Más calamidad que la del diluvio universal, que la guerra europea, que la guerra mundial y que la bomba atómica”(*). Pregunto: ¿encuentra usted alguna identidad entre el concepto aquel de la Procuraduría que convierte abrazos y besos en conductas antisociales, y estas líneas traídas a colación, ningunas otras que aquellas sobre las cuales el franquismo hizo sentir a los españoles su dictadura bajo palio? Sí. Veo rasgos de una misma cruzada. Solo que 70 años después y en el seno de un Estado que, como el nuestro, se precia de laico.*Abella, Rafael, La vida cotidiana en España bajo el régimen de Franco, Argos Vergara, 1984.

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