La cachucha de Fabio

La cachucha de Fabio

Septiembre 24, 2017 - 11:40 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

En potencia, todos podemos ser por un día Fabio Vinasco, ese señor de 73 años al que puso en el patíbulo un infortunado trino de Juliana Hernández, esposa del senador Alfredo Ramos Maya.

Como recordarán, Juliana escribió en su cuenta de Twitter “No quise montarme en el mismo avión en el que iba un guerrillero de las Farc, Avianca me dice que es discriminación, no me dejaron ni bajar”, con una foto en la que estaba Fabio, con su esposa. Al final, cuando la señora Hernández supo que Fabio no era otro que un ciudadano como usted o como yo, sin ningún vínculo con la guerrilla. Entonces, previo pataleo del hijo de Vinasco, ella se retractó, gesto que, vale reconocer, no abunda en estos tiempos de rencores y dardos.

Ese debería ser capítulo cerrado. En lo que sí hay que detenerse es en lo que subyace tras el gesto de Juliana: una sociedad que aprendió a no admitir diferencias y que, aparte, las castiga con furia. Porque lo que pagó ese día Fabio fue andar de barba y, sobre todo, cubierto con una cachucha que tenía una estrella roja como insignia. Estoy casi seguro de que si algún jefe de las Farc - vestido de traje, corbata y lentes oscuros- hubiera ido al lado de Juliana, ella ni se hubiera enterado.

Sumen ese estereotipo a tantos otros que hemos edificado a lo largo de nuestra historia y admitan que no será el último de ellos. Aquí uno se vuelve sospechoso, ya sea por lo que dice en voz alta o por lo que lleva puesto.

Vean no más lo que me sucedió hace unos días cuando le cité a alguien el nombre del exvice del Interior, Luis Ernesto Gómez Londoño. La primera ocurrencia de mi contertulio, con cara de desaprobación, fue: “ah, el tipo ese que viste de corbata y se pone tenis”.

Eso solamente para comenzar sobre nuestra tara nacional de dividir el mundo entre los que nos gustan y los que no nos gustan, que pronto salta a ser “quiénes están conmigo y quiénes contra mí”. La misma franja, nada invisible, que pone de un lado a ‘los buenos’ (todos los que me resultan afines) y a ‘los malos’ (el resto).

Así hemos escrito la historia de este país. Desde el centralismo y el federalismo hasta el uribismo y el santismo, pasando por los partidarios de Bolívar y los de Santander. Que lo digan ‘godos’ y ‘cachiporros’ o ‘limpios’ y ‘comunes’. Siempre con el elemento común de propender por la eliminación o la anulación del otro. Debe haber por ahí algunos momentos de fraternidad, contaditos en todo caso.

De ese demonio que ondea la bandera de la intolerancia surgen estigmas y encasillamientos. No olvidemos la reciente idea del Alcalde de un municipio del sur del país de prohibir a sus subalternos el uso de la palabra “compañero” o portar mochila. Lo que no difiere en mucho a cuando en el siglo pasado la “gente bien” decidió, luego del Bogotazo, llamar “nueveabrileño” a todo aquel que, a simple vista, le pareciera un pobre diablo. Esa gentuza, decían, a la que era mejor evitar, incluso en la misma acera.

Y como nada es más capaz de reinventarse que el odio, así como antes nos tirábamos en la cara el ‘chusmero’ a cambio del ‘pájaro’, ahora nos lanzamos el guante con los señalamientos mutuos de ser guerrilleros y ‘paracos’, todo por atrevernos a decir cómo vemos las cosas. Es por eso que si alguien en estos tiempos es caballista, ganadero o palmicultor paga con unos el mismo precio que otros cobran a quienes son víctimas, reinsertados o militantes de la UP.

No sé si canibalismos en otros lados alcancen la dimensión del nuestro, al que, como se ve, no le faltan ganas de echarle diente a cuanto no le caiga en gracia. Así que, señores y señoras ultras, no se desanimen, todavía les queda mucho por romper. Incluso, el mensaje del papa Francisco.

Sobrero: Mi mujer estudió derecho. Yo, periodismo. Mis hijos: mercadeo, lenguas, fotografía y cocina. ¿Cómo no se le ocurrió a uno de nosotros ser piloto de Avianca?

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

VER COMENTARIOS
Columnistas