Guernica

Guernica

Mayo 07, 2017 - 11:55 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Fue hace 80 años. Se cumplieron el pasado 26 de abril y hoy Guernica (Gernika, en euskera) es más la célebre pintura de Pablo Picasso que el escenario de una masacre. Aunque, quién duda, de no ser por el ingenio del gran malagueño, quizás este capítulo de horror ya se hubiera borrado de la frágil memoria de los pueblos.

No digo que esté mal que la gente sepa más del cuadro que del hecho en sí. Lo que está mal es que la memoria histórica se quede atorada ahí, y que quienes murieron o resultaron mutilados o fueron desplazados o ejecutados después (esas eran las opciones), sigan en el olvido.

Como buen aniversario, por estos días abundó la literatura sobre el tema. Y volvieron las preguntas:

¿Acaso fue una decisión exclusiva de la Alemania nazi, con el fin de probar la capacidad de destrucción de su fuerza aérea de combate, vestida como Legión Cóndor? ¿Qué responsabilidad le cabe a Francisco Franco en el hecho? ¿Prefirió el entonces general golpista mirar para otro lado?, ¿dio visto bueno al ataque?, ¿o todo pasó a sus espaldas?

Antes de buscar respuestas, hay que hacer algunas precisiones sobre lo que sucedió aquella vez en un lunes de mercado, con las calles colmadas de lugareños, más muchos campesinos que habían llegado de los alrededores a vender sus productos. Y a aprovisionarse todos de cuanto pudieran, en medio de los ecos cada vez más cercanos de la guerra civil.

A las cuatro y media de la tarde repicaron las campanas de la iglesia. Era señal de bombardeo inminente. Un Heinkel 111, avión chico, dejó caer su carga de muerte en el centro de la plaza y se perdió en el horizonte. Quienes habían alcanzado a resguardarse, volvieron sobre sus pasos para comprobar el horror de los primeros muertos y socorrer a los heridos.

No era más que una carnada. Enseguida, con muchos hombres y mujeres a merced, una escuadrilla de aviones se vino encima para dejar la ciudad en llamas. Faltaba algo más. Quienes habían tenido la suerte de escapar a las dos primeras acciones y ahora buscaban abrigo en los campos aledaños, fueron ametrallados por los Heinkel 51.

Una operación calculada al mínimo detalle, para causar el mayor daño posible y generar terror en la población civil. Una nueva forma de ganar la guerra a costa de los más indefensos. Una horrible práctica que luego se hizo común y corriente.

Mientras Guernica ardía y sus ciudadanos buscaban entre el humo y las cenizas a los suyos, los franquistas afirmaban que la ciudad, “destruida por el fuego y la gasolina”, había sido incendiada y convertida en ruinas por “las hordas rojas”. Pretendían así vender la especie de que era una calumnia “atribuir a la heroica y noble aviación de nuestro ejército nacional ese crimen…”.

¿Fue Guernica un macabro laboratorio de la capacidad bélica de la Alemania nazi? Claro que sí. ¿Sabía Franco del ataque con antelación? Imposible de probar, pero no el hecho de que siempre quiso hacer creer al mundo su falacia de un auto incendio.

Para que vean cómo la ‘posverdad’ (a la que hay que llamar mentira pura) es un viejo y manido recurso. Igual, de los embusteros de entonces, como de los de hoy. Empeñados, en vano, en tapar el sol de la verdad.

Tal cual lo hizo entonces Franco, el tirano en ciernes; tal cual lo hace hoy el tirano Nicolás Maduro, aquí al lado, Porque, ¿cuál diferencia puede haber entre quien acribilla a su propio pueblo a nombre de Dios y quien lo hace dizque en defensa de la tal revolución bolivariana? Ninguna. A los ojos de la historia, ambos son criminales. Como otros de la misma laya, esa que pretende disimular sus fechorías pero jamás podrá engañarnos a todos.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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