Fanáticos

Julio 18, 2016 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

¿Hemos sido así de fanáticos toda la vida? ¿O es ahora - con el alcance de las comunicaciones, y en especial de las redes sociales-, que descubrimos cuánto lo somos, sin que eso necesariamente nos lleve a concluir que el fanatismo es, aparte de mal consejero, la mejor forma de alimentar y, sobre todo, engordar al odio?No sé si es paranoia o es que el fanatismo nos asalta a diario por todos los flancos. Ya sea para descalificarnos, sea cual fuere el ámbito en que nos movamos. O para seducirnos y convertirnos en sus militantes, desde donde comenzamos (y esa es una característica muy particular de este fenómeno) a ver muy claro el fanatismo en el ojo ajeno, pero jamás en el propio. Sea como sea, lo único que sé es que se siente. Mucho. Hay todo tipo de fanatismos. Incluso aquellos que parecen inofensivos, y que también con el paso han dejado de serlo. Me crie con ese concepto acuñado antes que nada a la actividad deportiva: ‘Bienvenidos, fanáticos del deporte’. Pero, claro, el asunto es más grueso. En realidad mucho va de ese fanatismo marginal al peso específico del término: “apasionamiento y tenacidad en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas o políticas”, como lo define la Real Academia de la Lengua.Por supuesto que el fanatismo es consustancial al hombre. Lo que pasa es que ahora, con hechos como los terroristas acaecidos hace pocas horas en Francia y días atrás en Bagdad; o políticos, tal cual la decisión en el Reino Unido de irse de la Unión Europea (a la que volverá con el rabo entre las piernas); o incendiarios, como los discursos del señor Trump; o estos cielos cargados de tempestades que oteamos sobre Colombia, uno termina por sentir que el fanatismo crece hasta alcanzar niveles que superan la simple preocupación. Aunque eso no es necesariamente cierto, si nos tomamos el trabajo de revisar el problema a la luz de la historia. Y es que si algo no le ha faltado a la humanidad, son fanáticos. La lista es inacabable y toca todas las líneas de pensamiento. Además, hechos ellos a la medida de esa otra acepción: “fanático: persona que defiende una creencia o una opinión con pasión exagerada (…) sin respetar las creencias y opiniones de los demás”. En gracia de discusión, alguien podría decir que eso va más con ser un dogmático que fanático. Creo que con el paso del tiempo, los dos han terminado por ser carne de la misma carne.Pero, ¿acaso un fanático es eso y nada más? Más allá de la enconada defensa de aquello en lo que cree, ¿qué hace de alguien un apóstol del fanatismo? ¿Cuáles son algunas de sus características?¿Acaso el que sólo se ve rodeado por la traición, la delación y la infidelidad? ¿Uno que descubre que todo conspira contra su adorada idea, contra el objeto de su fe? ¿Aquel atrapado por una manía persecutoria de la que le resulta sumamente difícil volver a la realidad? ¿El que ve enemigos por todas partes, y siempre acaba siendo el perseguidor? ¿Ese para el que la vida tiene un solo sentido, perseguir la que considera herejía? Las preguntas no son mías. Las hizo hace muchos años Nikolái Berdiáyev, el filósofo ruso aquel que, mientras defendía la idea de que la libertad se eleva sobre el ser, sembró por igual de cuestionamientos al zarismo, al marxismo y a los bolcheviques, a las iglesias y a los totalitarismos de mitad del siglo pasado, acusándolos de eso, de ser fanáticos. Una aproximación que podría darnos la razón sobre que si algo anda suelto hoy en el mundo, en las más diversas esquinas, son estos fanatismos que pretenden ahogarnos, sin detenerse a pensar que terminarán primero ahogándose en sus propios dogmatismos.

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