En predios del lobo

En predios del lobo

Mayo 30, 2016 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

A veces, incluso mucho menos de lo que uno quisiera en ese propósito de acercarse a los hechos, el oficio periodístico debe entrar al bosque. Y ahí, en el bosque, como en el cuento de Caperucita, está el lobo.Vale decir que el bosque no siempre es eso mismo. Me explico: puede ser un bosque, lo que se dice un bosque, o una selva de cemento. Igual, en uno o en otra, el lobo intentará disfrazarse de otras especies, aunque al final sus orejas lo dejarán en evidencia.Ahí, en la ciudad el lobo viste de cuello blanco y el buen periodismo le sigue la huella, más hasta dónde puede que hasta dónde debiera. Porque, luego de develar sus entuertos, ocurre que la corrupción y la impunidad saltan para permitir que el bicho huya ente los ojos de todos o termine con casa por cárcel por andar gordo o estresado. Sí, como un Nule.Y hay otro lobo. Ese que hace noticia en estos días, Se mueve en un hábitat bien propicio para sus andanzas, las montañas de Colombia. Ahí ha hecho y desecho durante décadas. Valga decir, no solo por la incapacidad del cazador del bosque sino ante la evidente pasividad, abandono y olvido del bosque por parte del jefe del cazador, un Estado que se ha dedicado a otros asuntos muy diferentes a los que consigna el libro tutelar: garantizar que allí al menos se viva en relativa paz.Allá, en ese bosque del Catatumbo, el lobo se mueve y se mimetiza. Eso, como sucede en ese territorio y en muchos más rincones de este país, dificulta la tarea del cazador para cumplir la tarea de garantizar que Caperucita, su mamá (la de ella) y la abuelita se muevan a sus anchas, no solo como quisieran, sino como se lo merecen.Claro está, para echar este cuento hay que saber qué pasa en realidad en el bosque. Y quienes estamos encargados de contarlo, nosotros, los periodistas, deberíamos arrancar por lo más importante: no nuestros padecimientos sino los de la mamá (y el papá y los hermanos y los tíos y los sobrinos y los vecinos de Caperucita), la abuelita y la propia Caperucita.Porque así como está muy mal que el lobo del ELN secuestre a los colegas -lo que despierta la indignación que hoy sentimos y sobre la que nos pronunciamos-, habría que ser coherentes y condenar en el mismo tono las condiciones en que ven obligados a vivir quienes habitan en el bosque.Mejor dicho, si eso le pasa a Salud Hernández, a Diego D´Pablos y a Carlos Melo, ¿qué pueden esperar los millares de anónimos colombianos que en el Catatumbo y en otras zonas no cargan otro membrete que el de ciudadanos comunes y corrientes? Ellos sí que saben que cuando uno se topa con el lobo, o se cita con él, pues debe atenerse a estar bajo su arbitrariedad. Y así invoquemos todos los derechos que existan, comenzando por el de la información, pues qué carajos le pueden importar a quienes precisamente están por fuera de nuestro (mal que bien) estado de derecho. Como dijera Borges: pide justicia, pero es mejor que no pidas nada. Esta Caperucita al revés, dirán algunos, debería parecerse al menos a la original en el colofón, ese en el que el cazador quita, para siempre, al lobo de por medio. No me parece. Primero, porque desde hace rato el cazador así lo ha querido y no ha habido forma. Segundo, porque quizás la manera más inteligente de neutralizar al lobo es obligarlo a que viva con nosotros, solo que bajo nuestras reglas. Y tercero, porque si el ELN quiere otra suerte para ese lobo que lleva por dentro, debería dar una señal clara y contundente al devolver sanos y salvos a todos los secuestrados en su poder (que no hay unos más importantes que otros) y sentarse a hablar. Entre otros, con Caperucita, con el cazador y, sobre todo, con el jefe del cazador.

VER COMENTARIOS
Columnistas