El presente en pasado

El presente en pasado

Enero 28, 2018 - 11:40 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Criminal atentado en Barranquilla, desplazamientos en municipios de Antioquia y Córdoba, asesinatos selectivos (Temístocles Machado, líder del paro en Buenaventura, y Mario Elías Carrascal, ex alcalde de Puerto Libertador), masacres como la de Yarumal hace pocos días, panfletos en municipios del Valle del Cauca en los que se advierte sobre una nueva ola de ‘limpieza social’.

¿De vuelta al pasado? No, en el mismo pasado. Con o sin ocho mil hombres en armas, andamos en las mismas, con las preguntas de siempre: ¿y el Estado?, ¿y la institucionalidad?, ¿y la autoridad?, ¿y la ley?, ¿y la seguridad?, ¿y la justicia?

Poco y nada de eso. Diría uno que todo cambia y nada cambia. Muchos invocarán ahora un supuesto pasado en el que se vio campear a la tranquilidad en esta tierra de nadie. No lo recuerdo. Y no porque tenga mala memoria sino porque de todas las formas que hay para que las cosas parezcan funcionar, hay una que nunca me irá: aquella de que el fin justifica los medios.

Aquí lo que uno no termina por entender es por qué no aprendemos. Lo acabo de comprobar hace unos días en un pueblo del norte del país (no doy su nombre para que el estigma que ya padecen sus habitantes no crezca aún más, lo cual es casi imposible).

Se sabía de todos los riesgos que acechaban una vez el panorama de la región cambiara con la salida de las Farc. Igual, se quedaron con los brazos cruzados. Allí los nuevos actores del tropel han ido llegando, sin falta, de uno en uno. Los de aquí y los de más allá, aparte de los disidentes. ¿Y el negocio del narcotráfico?: boyante, un motor a punto para seguir sosteniendo la guerra y envileciendo a más gente cada día.

Y, aparte, en cada esquina, el microtráfico rampante. No hay alcalde de este país que no ponga ese problema entre los más delicados por solucionar. Igual, la prostitución infantil, que tampoco faltaba en ese lugar al que hago referencia.

Por supuesto que hay aquí dos agendas. Una urbana; otra, rural. Una visible, la de las ciudades, que también, como la otra, quita el sueño, por la acción de la criminalidad y por las angustias cotidianas que postergan la preocupación por ese otro país.

Y otra realidad, la casi invisible, esa que comienza por padres del campo en huida. Con sus niños en brazos, dispuestos a dejar todo atrás con tal de salvar sus vidas, una imagen que seguimos sin extirpar de este presente. Déjenme dudar de que alguien tenga la receta mágica para estas pestes, por más bienintencionados que anden los candidatos presidenciales. Habría más bien que tener la ingenuidad de invocar su sensatez (si es que queda algo de ella en medio de tanto odio suelto) para que ellos acuerden políticas de Estado que vayan más allá de los resultados de mayo y/o junio. La tarea; salir del pasado que, quién sabe por qué diablos, siempre vuelve a ser nuestro presente.

Sobrero

Las limitaciones decretadas en varias ciudades al uso de parrilleros en las motocicletas por efectos de la inseguridad, es lo más parecido a aquello de vender el sofá. Es la Policía, y las autoridades en general, las que, con la colaboración de la ciudadanía, deben poner freno a la ola de delitos en que tales vehículos resultan ser esenciales para sus autores. Pero tampoco se puede hablar de una persecución contra quienes transitan en moto. Más bien ellos, sus usuarios, deberían preguntarse cuánto deben hacer para evitar su desprestigio. Que no es gratuito si uno, como transeúnte, contabiliza por minuto las violaciones a las normas de tránsito y esas maniobras arriesgadas con las que ponen en juego su integridad y las de los demás. La ley es para todos.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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