El poeta y el maestro

Agosto 22, 2016 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Hace 80 años, el 19 de agosto de 1936, Federico García Lorca caía asesinado a manos del odio y el revanchismo. Los verdugos intentarían, en vano, escapar a su responsabilidad en el crimen. Lo harían con la misma falta de vergüenza con que mintieron hasta su victoria militar en 1939 y en los subsiguientes 35 años de dictadura franquista.Casi que sobra decir por qué lo mataron. A Federico lo mataron por republicano, claro que sí. Por supuesto que lo mataron por ser abiertamente homosexual (no es que cambie mucho el mundo, ¿verdad?). Lo mataron para mandar un mensaje de hasta dónde eran capaces sus enemigos de llegar en su felonía, cómo no. Pero sobre todo, qué duda cabe, lo mataron por lo ya dicho, por la ilimitada capacidad que cargaban de odio.Claro está, la guerra la hacen dos y a esa altura de los hechos, un mes después del levantamiento del 18 de julio, la situación había desembocado en un espiral en el que todo valía, dentro de la deshumanización que camina pareja a la guerra. Quizás lo que haya pasado con los restos mortales del poeta seguirá siendo por siempre un misterio y el barranco de Viznar, donde la leyenda dice que reposan, un lugar de reflexión.Cuando uno llega allí, tras caminar unos pocos kilómetros desde donde lo deja el autobús que lleva al pueblo de Alfacar, como pudo ser el destino del ‘paseo’ que le dieron los asesinos, no solo emerge el nombre de Lorca, sino , con él, los de muchos más ejecutados por el caro delito de pensar distinto. Hombres y mujeres que vivieron en el anonimato y luego se marcharon bajo ese mismo manto.Dióscoro Galindo es uno de ellos. Su celebridad le llegó por el hecho de ser uno de los tres hombres que compartieron con Lorca las largas y aciagas horas previas al fusilamiento. Los otros dos, Joaquín Arcollas y Francisco Galadí, eran banderilleros de profesión y anarquistas de militancia. Ellos, los tres, sin ninguna esperanza. El escritor mantuvo hasta último momento la ilusión de que alguien intercediera por él. Como en efecto lo hicieron los Rosales, esos amigos que lo habían acogido en su caserón de Granada, creyendo que por el reconocido hecho de ser falangistas, nadie osaría atreverse a sacarlo de ella.Igual, se lo llevaron. La orden de arriba era muy clara. A Lorca había que darle “café, mucho café”, en lo que no se midieron a la hora de descerrajarle los tiros que acabaron con su vida. La casa de los Rosales es hoy un hotel en el que, desde un vulgar dummy, el poeta recuerda a los transeúntes que allí, bajo ese portal, pasaron él y su sombra, para nunca más volver.Pero ¿quién fue Dióscoro? Maestro de la escuela de Pulianas, otro pueblo de la región, llevaba encima ese agravante. Los profesores fueron el principal blanco de la primera etapa de represión de las tropas nacionales. Pagaban así el hecho de ser soldados de vanguardia en la campaña educativa emprendida por la Segunda República para golpear al peor enemigo de la nación, el analfabetismo.Dióscoro había ido más allá del gusto de quienes pretendían que España siguiera siendo feudal, en pleno Siglo XX. A los ojos de sus enemigos, el profesor tenía todo de liberal y ateo, en un estado laico que quería ver las primeras luces de auténtica libertad en su historia (insisto, no cambian mucho las cosas).‘El cojo’ (así le decían porque de joven había perdido una pierna arrollado por un tranvía en Madrid) no cabía en el dogmatismo de los otros, acostumbrados a imponer. Por eso lo mataron. Y por eso murió en el silencio, al lado de Lorca. Con la convicción de que el mundo debía comenzar a ser otro desde las aulas, donde también se aprende a ser libre.Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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