El país del posconflicto

Junio 22, 2015 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

La afirmación del presidente Juan Manuel Santos sobre que estamos en posconflicto cuando aún no hemos salido del conflicto, tenía que sacar chispas. En especial, de quienes andan felices diciendo que el país está ‘caguanizado’, una exageración, vaya usted a saber con qué fines.Pero, ¿qué es el posconflicto? Depende de quien se lo pregunte. Si la definición es de aquel que se despierta y ve con asombro, en su tableta, imágenes del último ataque matrero de la guerrilla contra el acueducto, la escuela, el tubo, la torre de energía y la gente que pasa por ahí, la gente que vive por ahí, la gente que estudia por ahí, el posconflicto es asunto lejano, tan lejano como los lugares en los que la guerra es el pan duro de cada día. Sitios de los que esa Colombia citadina no tiene ni idea dónde están y a los que jamás se le ocurriría ir. De ellos se habla con tal autoridad que ya quisiera tenerla quien aguanta la conflagración bajo los techos de zinc. Ahí, en algunos centros de poder, se exige más tropa y más acciones militares, como si esas tropas no estuvieran ahí día y noche, dejando el pellejo en parajes que solo entran en la agenda nacional por cuenta de la barbarie. En aquellos tanques de pensamiento con Starbucks a tiro de piedra la guerra es un asunto ocasional, como ocasionales son las tropas y las gentes que viven “allá, en la selva”, hasta cuando una nueva tragedia las vuelve a poner en primer plano. A ver, ¿a quiénes les importaban, antes de la actual escalada de las Farc, sitios como Lejanías, Santa Rita o La Nupa? A propósito, ¿sabemos en general los colombianos dónde están Lejanías, Santa Rita y La Nupa? En cambio, el conflicto para esos colombianos que duermen en la boca del lobo es otra. Ellos se levantan con la realidad a boca de jarro. No echan a correr porque ya no tienen para dónde. Cuando uno va allí -lo que tampoco da mucha autoridad para hablar sobre el tema-, escucha cómo en este lugar estallaron las últimas cargas que detonaron los luchadores por la libertad y reyes del cinismo, tan preocupados ahora por los desplazados (asunto en el que dicen no tener nada que ver, ¡qué tal!) y por las víctimas.Surgen, en consecuencia, las diversas definiciones sobre posconflicto, de acuerdo a dónde a uno la guerra lo coja parado. Para quienes la tratan de lejos, el posconflicto no es otra cosa que el día que sucede al conflicto.En cambio, para ese otro colombiano, el que hace rato vive entre el plomo y el abandono, el posconflicto es esa permanente lucha por edificar un futuro, en medio, valga decir, del conflicto de turno, porque este no es el primero ni el único que nos queda por resolver. Él ha visto pasar tantas promesas como imposiciones. Sabe incluso muchas veces lo que es cultivar coca. Como ahora sabe que si se junta y trabaja con propósitos colectivos amarrados a la legalidad y a lo que mejor conoce (su tierra y su cultura), hay mañana. Eso, en términos, de cacao, de café, de papaya, de camarón y de mil cosas más, ya se puede ver y palpar en una Colombia mucho más grande de la que ustedes imaginan. Es el posconflicto en medio del conflicto. A veces con ayuda interna o externa, otras veces sin ella. ¿Estamos en posconflicto? Lo están ellos, como siempre lo han intentado, por encima de quienes hacen esta guerra, una de tantas. Hace unos días una dama caleña me dijo que antes de estar camino al posconflicto vamos rumbo al “posacuerdo”. Y tiene toda la razón. El paso que pretendemos dar no es el definitivo pero sí ayuda a la construcción de ese sueño que muchos ya hacen realidad en esa otra Colombia valiente y silenciosa, la del posconflicto en medio del conflicto.

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