El Oscar de la ciberguerra

El Oscar de la ciberguerra

Febrero 25, 2013 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Pasó de puntillas. Como siempre pasan, y han pasado en la historia de la humanidad, los grandes acontecimientos que están por venir. Incluso, un tema como el obligado adiós de Benedicto XVI consumió, y va a seguir consumiendo, ríos de tinta, mientras que esto otro ni se notó en los medios de comunicación: la presentación en sociedad de una nueva Guerra Fría, la del ciberespacio. Ahí están, como prueba de hasta cuál es el alcance del tema hoy, las palabras de Barack Obama en su muy aplaudido discurso sobre el estado de la Unión de hace unos días, en las que acusó a “países extranjeros” de hurgar en los secretos industriales, lo que no es nuevo, y en, cuidado con esto, “sabotear nuestra red eléctrica, nuestras instituciones financieras, nuestro tráfico aéreo”.No imagina uno a Obama lanzando semejante carga de profundidad, en uso de la peor demagogia y menos ante semejante escenario, sin tener a mano pruebas que le permitan lanzar acusaciones tan temerarias. Y menos, advertir enseguida que se procederá a responder, lo que en el lenguaje gringo ya se sabe a qué equivale.Por supuesto que el tal “países extranjeros” oculta mal el claro destinatario del mensaje. Se trata de China. Ahora bien, ¿por qué Obama no lo llama por su nombre? Porque en la guerra, y esta lo es, suele medirse el aceite de la máquina enemiga en otros terrenos diferentes al campo de batalla, incluidos, cómo no, los de la retórica. Obama además juega a tres bandas. Deja en el aire una señal inequívoca de que algo grave está pasando y, a la vez, coincide con las evidencias que circulan en medios tan prestigiosos como New York Times y The Wall Sreet Journal, que padecen en carne propia no sólo el espionaje sino el sabotaje de un número que pronto se convertirá en un referente de la historia moderna: el 61398.¿Qué es 61398? Según Estados Unidos, el número con el que se identifica la unidad del Ejército Popular de Liberación, conformada por miles de personas (al fin y al cabo es una unidad china), que desde un edificio de 12 pisos en Shanghái, para ser más exactos en el barrio financiero de Pudong, trabaja para hacerse a información que puede ir desde la muy clasificada que se procesa a diario en el Pentágono, hasta procurar dar con uno de los secretos mejor guardados, sino el mejor: la fórmula de la Coca Cola.Todo no pasaría de ser mera especulación si las chuzadas (perdón por la ordinariez, señores de Pudong) no hubieran dejado ya tendidos en el campo. El New York Times, por ejemplo, vio cómo les sacaban del bolsillo las claves y la información a los equipos de 53 de sus empleados, con una sospechosa casualidad de por medio: el diario acababa de publicar una rica historia sobre los negocios de la familia de Wen Jiabao, el primer ministro chino.Claro está, esa es la mitad de la historia. La otra está en el desmentido chino del propio Ministerio de Relaciones Exteriores, que niega todo (otra de las constantes de una guerra), se pone en plan de víctima de los ataques en el ciberespacio (lo es, sin duda), y contraataca a Estados Unidos señalándolo de permitir que sea desde su territorio donde se produzcan esas incursiones, aunque, eso sí, con el fino detalle de oriental cortesía de no dar las direcciones exactas del Pentágono o de la CIA. Esta noche, mientras buena parte del mundo occidental se irá a la cama con los Oscar a un Bin Laden ejecutado y a un Lincoln resucitado, cine de la realidad, la ficción volverá a quedarse corta en oscuros despachos de Shanghái y Washington, esos desde donde se hace la nueva Guerra Fría, que, como todas las guerras, todos creemos saber dónde comienzan pero jamás dónde terminan.

VER COMENTARIOS
Columnistas