El modelo Della Valle

El modelo Della Valle

Diciembre 08, 2014 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

El desencuentro entre el Gobierno Nacional y el Consejo Gremial en el intento por llegar a un acuerdo en materia tributaria, ha tenido, de todos sus nudos, uno más difícil de desatar: el impuesto a la riqueza. Los empresarios lo cuestionan porque consideran excesivo sumar una carga más a las que ya tienen encima. Pero también le hacen el feo porque temen (así no lo digan en público) que no cumpla con su propósito, atacar la pobreza, y termine más bien por convertirse en algún tipo de remiendo o de nueva ‘mermelada’.Dirán unos que ahí está para la muestra ese tipo de ricos a los que les encanta hablar de paz, pero que a la hora de poner se espantan. Y dirán otros que ahí está pintado el Gobierno, urgido de tapar el hueco fiscal luego de quedar ‘empeñado’ hasta la coronilla por los pagos de favores a quienes prestaron el hombro para la reelección, eso sí, a cambio de lo de siempre. Todo eso, coincidirán, en una coyuntura nada fácil en la que, aparte de las caras obligaciones con que se deben aterrizar los acuerdos de La Habana, se ven venir oscuros nubarrones para la economía mundial.Excesos. Sí, excesos. Por un lado, los empresarios han respaldado el actual proceso de paz y estoy seguro de que no solo de dientes para afuera. Por el otro, sería injusto negar la política social del actual gobierno que, vista en hechos, es mucho más que el vertical crecimiento de la vivienda social.No lo duden, habrá arreglo. De esos de punto medio, pero arreglo al fin. Y no me meto en más honduras (sabios tiene la santa economía). Más bien déjenme contarles, incluso a los empresarios, un ejemplo de carne y hueso a la hora de mirar la responsabilidad del sector empresarial en sociedades con el agua al cuello. El hombre se llama Diego Della Valle y es motivo de prensa http://elpais.com/elpais/2014/12/03/eps/1417631412_496853.html. Italiano, Della Valle tiene una fábrica de zapatos. Digamos que tenía la zapatería que heredó de sus ancestros. Eso mismo es hoy un emporio del calzado: los reputados, y costosos, Tod’s (unos mocasines en piel valen 400 euros, un millón de pesos colombianos), negocio por el que perfectamente le entran a él y a su familia 963 millones de euros al año, como sucedió en 2012.Podría seguir con que tiene 60 años y vive en Sant El Elpidio a Mare y que tiene fama de Casanova, pero lo que importa aquí es escuchar su planteamiento con el que pretende hacer tomar conciencia a esa inmensa minoría de colegas que coleccionan fortunas. Della Valle pide aplicar la fórmula competitividad y solidaridad. Incluso, la defiende con páginas que compra en los periódicos. Por supuesto, esa combinación está inventada. La competitividad es un signo de nuestros tiempos. Y digamos que la solidaridad pretende serlo. Él lo pregona y lo hace, al mismo tiempo. Primero, en Tod’s. Sus zapatos, hechos a mano, son considerados obras de arte. Así trata a sus empleados, como artistas. Las casas de ellos están cerca al trabajo, tienen guardería, gimnasio, restaurante con productos de la huerta, biblioteca y en el taller, cuadros de grandes artistas que buscan servir de inspiración. Y ellos le corresponden, como debe ser. Sobre eso, Colombia tiene sus émulos. No crean que no, lo que pasa es que poco hablamos de ellos. Pero, ¿y de puertas para afuera? Frente a la grave crisis italiana, Della valle pide que los grandes empresarios hagan algo más que pagar impuestos, que se hagan cargo de proyectos macro con los que, está visto, el Estado no tiene cómo. Sí, algo más que un “soy capaz”. La empresa de Della Valle se encarga ni más ni menos de la restauración del Coliseo de Roma que, la verdad, amenazaba ruina.¿Responsabilidad social? Pregunten por Diego Della Valle.

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