El milagro de los libros

El milagro de los libros

Abril 22, 2018 - 11:40 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Estas citas que nos ponemos en los festivales del libro permiten que uno entre en ese mundo y termine viendo las cosas de otra forma. O, al menos, con el cristal que bien merecería la cotidianidad que nos abruma.
Regocija pues adentrarse en estos días en la Feria del Libro de Bogotá para palpar un ambiente que solo las letras admiten y estimulan.

Y si no viniésemos de ese pasado de barbarie, quizás le daríamos mayor sentido a las viñetas con que nos topamos en cada uno de sus rincones. Por ejemplo, a las ediciones infantiles que, confiesan los editores, cada vez encuentran más destinatarios - hijos y padres - convencidos de que la lectura es el mejor punto de encuentro generacional.

Igual, emociona encontrarse con tantos y provocativos títulos. La verdad, ir a una feria es tan gratificante como frustrante. Hay tanto para llevarse y, a la vez, tan poco con qué poder cargar al final de la visita. Los libros, por su precio, siguen siendo un lujo en esta sociedad. Aunque también deberíamos decir que, puesta en la balanza de las prioridades actuales, la inversión en lectura suele perder de manera absurda frente a otras supuestas necesidades que nos metió en el coco el consumismo actual.

Pero si algo refleja el alcance de Filbo es el cada vez mayor grado de convocatoria que tiene. Allí se junta, en el mismo escenario, ese país variopinto del que forman gentes de todas las edades y condiciones, por entre los que corren bandadas de colegiales y caminan ahora, en gran cantidad, miembros de nuestras Fuerzas Armadas, ya no en la estricta tarea de brindar seguridad, si no de buscar, como todos los asistentes, el fruto del trabajo de autores que los enamoren y atrapen para siempre.

También vale la pena detenerse en las miradas que se entrecruzan, fruto de las diferencias antes que de las similitudes. Me ocurrió el viernes pasado, durante la disertación sobre memoria histórica de una bisnieta de un expresidente de la República. Ella, la joven, tiró línea, y duro, desde su esquina ideológica en torno a nuestras guerras más recientes. Su familia y algunos allegados, más ligados a otras perspectivas conservadoras del problema, fueron su auditorio. Había allí la clara señal de que sí podemos caber todos en esta tierra en la que, desde hace rato y de lado y lado, las cañas andan hechas lanzas.

Se diría que son esos milagros que hacen los libros en medio de la crispación que nos invade. Y es que desde que exista la posibilidad de leer (y escuchar) al otro, a ese que tiene una concepción distinta de la sociedad, las cosas siempre serán mejores. Lo peor es lo otro, romper el vínculo, hacer oídos sordos como forma de descalificación.

Vean no más esto: “es un facho”, me dijo este sábado una persona a la que quiero mucho, cuando le conté que Mario Vargas Llosa, el Nobel y el gran escritor, era uno de los imperdibles de Filbo. Dije entonces que si se refería al analista aquel que el jueves, en CM& -esta noche pasan la segunda parte del diálogo con Yamid Amat-, había hablado claro y sin vueltas sobre el precio de los odios que nos están carcomiendo, el valor de la paz y quién es en realidad Donald Trump, junto a sentar su posición de franca derecha, me parecía que Vargas Llosa podía ser muchas cosas menos eso, un ‘facho’. Lo cual sería, le apunté, como condenar a la hoguera a Noam Chomsky por la forma cómo concibe el mundo...

Y algo más: lástima sí que no se haya ocurrido plantear allí, en Filbo, un debate de candidatos presidenciales, no solo sobre cultura sino en torno a más temas. A lo mejor, antes que respetuoso, hubiera resultado enconado. Como son los libros, siempre dispuestos a hacerse oír con vehemencia. E, igual, a admitir réplica.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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