El mejor colegio

Noviembre 30, 2015 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

El caso del Liceo Campo David debería servir para algo más que las loas que despierta el hecho de que ese modesto colegio privado del sur de Bogotá no solo vuelva a tener (ya lo había hecho hace cinco años) los mejores resultados de las pruebas de Estado en el país sino además la capacidad de exportar alumnos capaces de asumir con propiedad los exámenes de admisión a la educación superior y los retos de ese salto, casi siempre difícil.Podríamos quedarnos nada más en las cifras que trae la Revista Dinero sobre lo que hace el Liceo. Sus 800 y pico de alumnos, casi todos entre los estratos uno y tres, y las bajas mensualidades que pagan. O la alta tasa de efectividad (80%) a la hora de obtener ingreso en centros tan exigentes, por ejemplo, como la Universidad Nacional y los 31 estudiantes que tiene becados en la Universidad de Los Andes. Y qué decir de ese 82,76% que marcó, en promedio, el grupo de 20 muchachos de grado 11 en la última evaluación oficial.Eso son los resultados a la vista, pero no terminan siendo más que eso, resultados. Quiero decir, más que ellos, lo importante es saber cómo lo hace el Liceo Campo David y qué podemos aprender de su experiencia. Con base en declaraciones de sus directivos y alumnos, hay que comenzar por decir que de todo lo dicho hasta ahora sobre el éxito del Campo David hay un valor que parece ser el eje de todo: el respeto, que no es poca cosa, así a algunos les parezca algo secundario. Lo digo porque mientras entrevistaban a uno de sus directivos en la radio, a un colega le pareció que “eso” del tal respeto no podía ser el motor de tanta eficiencia.Por supuesto que lo es. El respeto en el seno del Campo David pasa por muchas variables que redundan en su afortunado balance. Para comenzar, se respeta a los alumnos y a los sueños que ellos encarnan. Y no se trata de soñar por soñar. Allí, los sueños se planean y por lo general se concretan. En ese sentido, las familias juegan un papel fundamental. Aquello de que no son los estudiantes los que se matriculan sino las familias deja de ser un cuento para convertirse en una realidad palpable. El campo David, dicen quienes han pasado por allí, deja de ser un colegio para convertirse en la segunda casa, como debe ser. Es por eso que en la solución de todos los asuntos, buenos y menos buenos, que conviven en ese complejo mundo en que se han ido convirtiendo las aulas escolares, participan por igual alumnos, padres y, como no, profesores. Profesores comprometidos que se quedan a vivir ahí, convencidos de lo que están haciendo. Por eso, y además por las garantías que les brindan con ese sorprendente hecho de que reciben doce salarios al año, a diferencia de los diez que muchos colegios y universidades pagan as sus maestros, con el pretexto de que ese es el tiempo que prestan servicio al estudiantado, mientras a uno como padre ellos mismos, los centros de educación, le sacan diez mensualidades, una matrícula que (pesos más pesos menos) suele ser mes y medio más de pensión y más alguna cuota extra con la que pueden cantar ¡bingo! a cuenta nuestra . ¿O no?Y, claro está, al campo David le va como le va porque tiene una propuesta pedagógica que le apuesta a determinadas áreas del saber (diríamos las ciencias exactas), sin descuidar que sus alumnos deben saber cómo comportarse en una mesa o cómo bailar, una necesidad de estos tiempos y de todos los tiempos. Necesitamos más Campos David en Colombia. De hecho, los hay y trabajan desde el silencio de lo que son: una inmensa minoría. ¿Y la inmensa mayoría? Muy bien, gracias; y, sobre todo, cada vez más gorda.

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