El desafío

Julio 28, 2014 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Estamos como hace tres años: a merced de un fenómeno natural. Si miramos hacia atrás ha pasado apenas tan poco tiempo de la época en que el agua nos dio al cuello. Vivimos entonces el peor invierno de las últimas tres décadas. ¿Se acuerdan? Más de 415 muertos, otros cuantos centenares de heridos, dos millones 964 mil afectados, 29 de los 32 departamentos del país inundados, la malla vial nacional hecha pedazos y la economía, cómo no, contra las cuerdas.Hoy es la sequía. Los pronósticos indican que el año entero y algo de 2015 se pueden ir en manos del Niño. Si es así, las imágenes de muerte de todo tipo de especies y de pérdidas millonarias van a pasar de ser titulares para convertirse en una catástrofe, quién sabe si de las proporciones de la visita de la Niña entre 2010 y 2011.¿Estábamos advertidos? Sí, pero no nos hemos preparado. Enfrentamos, de nuevo, un problema que desnuda nuestra escasa preparación en todos los órdenes para este tipo de contingencias. Y eso, sumado al secular atraso de regiones como la Guajira (un Chocó a su manera), impide que cualquier acción de última hora sirva para evitar los caros efectos de un problema como este. Estamos pues ante un escenario que obliga a trabajar más en la reacción inmediata que en otra cosa, con la obligación de acertar. Ese es el desafío para el Gobierno nacional, diría el simple espectador de los acontecimientos. No, ese es el desafío de una nación. Aunque, por supuesto, todo debe comenzar por arriba.Y ahí es donde el presidente Juan Manuel Santos debe ser pragmático. Por ejemplo, frente a la aparente urgencia de dar vuelco a su gabinete, Santos debería postergar esa crisis, darse cuenta de que eso no es, en medio de la situación actual, ni lo urgente ni lo importante. Hay un riesgo enorme ahí: que Santos termine pagando favores a sectores que lo apoyaron en la reelección y que lo único que van a traer consigo es la satisfacción de voraces apetitos burocráticos, con sus colas de corrupción y demás pestes, aparte de improvisación.Lo que hay que hacer es marcar prioridades frente al Niño y convocar a los demás poderes para trabajar de manera mancomunada en un asunto de primerísimo interés nacional como lo es este. Es ahí cuando uno quiere ver en el Congreso la verdadera estatura política de los partidos y de sus dirigentes. Ya sé que hay viejas heridas del pasado, abiertas algunas a más no poder y que todos queremos ver el ejercicio de la justicia (aunque, me parece, algunos sectores sueñan más con ver sangre que propia justicia), pero aquí, antes que nada, se necesitan soluciones, no solo en términos de destinación del presupuesto nacional, sino en imaginación y acompañamiento.Quisiera creer que así va a ser, pero me temo que el ambiente crispado que anuncias más tormentas que propuestas, en especial en el Senado, nos ponga más en terrenos del cuadrilátero que en el del trabajo de campo. Ojalá esté equivocado.Es claro que hay metas en las que se trabaja de manera sostenida y a mediano y largo plazo, como esas de reducir a mínimos la pobreza absoluta en diez años o la política de vivienda social gratuita. E incluso la dedicación que requiere el proceso de paz, los pactos económicos de cara al mundo y la reforma tributaria que asoma cada vez más cerca, pero este es un desafío al que no se le puede hacer el quite. Se necesitan medidas de choque, antes que desesperadas, efectivas. Y también, una participación directa del ciudadano común, que comienza con el ahorro de agua sí, pero que debe ir mucho más allá: urge la toma de conciencia en el cuidado de los recursos naturales. Ese es el desafío. Un desafío, está visto, de tener dónde vivir.

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