El Cervantes

Diciembre 26, 2016 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

No creo que los premios hagan más importantes a los escritores. Quizás, sí menos pobres. Bueno, aunque naturalmente eso depende del tamaño del premio. Digamos entonces que, con contadísimas excepciones, los escritores -cual apoderados de toreros en antaño- comen langostinos en público para poder llevar lentejas a la casa.Hablo de esos escritores que se dejan ver en un lado y en el otro, exponiéndose a que todo el mundo los felicite por “la más reciente de sus obras”. A veces, esas flores han sido cortadas en el mismo jardín: la solapa que, con fruición, ha devorado el fulano que ahora soba la chaqueta del autor. Aunque puede ser peor. Quizás ande guiado por la sección de libros del noticiero de la noche, donde alguien, con mucho glamour, recomienda un texto tan nuevecito que en pantalla se puede ver cómo aún anda con el forro que lo envuelve. Formas de leer que no faltan, diría uno.Mejor hablar de ese otro público, aquel ávido de lectura. Ese que incluso termina armando una relación nada simbólica con quien lee y termina haciendo identidad. Siempre, en esa antigua interpretación según la cual uno se enamora de aquello que hubiera querido escribir como magistralmente lo hace ese otro. Entonces, nos apasionamos. Y llegamos a hurgar en sus vidas. Hace unos años, Paul Auster contó cómo le había regalado a una de sus entusiastas (vale, entusiastas no es la palabra) seguidoras, algún objeto de uso permanente en su mesa de trabajo. No sé, quizás un rotulador o la tapa de un kilométrico (lo que de ser cierto, eso del kilométrico, hablaría muy bien de Auster).Algunos dirán que eso termina por rayar en fetiche y que basta con una firma para sentir que la comunión es un hecho. Aunque ahora, cómo no, el asunto, mínimo, es de selfie. Y ahí sí discrepo. Porque me parece que uno de los mejores secretos de la vida es el escritor aquel con el que se desarrolla una complicidad que no necesariamente debe uno andar pregonando por ahí. Se lee, se disfruta, y ya. No es tema el de andar convenciendo a la gente de que se sume a ese parche (que de parche no tiene nada). Porque una de las tres o cuatro cosas íntimas debería ser esa: el escritor (a) que de verdad, me gusta. El que me hace adicto.Todo eso lo he creído durante mucho tiempo. Y confieso que, en un acto del peor individualismo, he recomendado otros autores, para quedarme a solas con este hombre al que le he dedico este espacio hoy y no sé cuántos días de mi existencia, que, igual, siguen siendo pocos. Siempre en silencio. De hecho, lo sabe mi mujer y algunos más. Pero vea, ahora lo sabe usted también. Así que guárdeme el secreto. Le hablo no del hombre al que le acaban de otorgar el Cervantes, el Nobel de la lengua castellana. No. Hablo de Eduardo Mendoza, ese catalán capaz (no sé si como nadie, porque sería una exageración) de defender nuestro idioma con la misma seriedad con que ha defendido el humor y la gracia de cada una de sus piezas. En ‘La ciudad de los prodigios’, ‘La verdad del caso Savolta’, ‘El laberinto de las aceitunas’ y ´Riña de Gatos’ (Antonio, esa misma que no fue de su gusto), o en todas las demás. Esas joyas (para mí) que han hecho mejor mi vida y que me la siguen haciendo mejor cada vez que las vuelvo a leer. Porque un escritor, antes que cualquier cosa, puede llegar a ser eso mismo: pura vida. Con premios, o sin ellos.Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad