El bailador

Noviembre 14, 2016 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Lo he vuelto a ver. No una vez más, sino como si fuese la primera. Y ahí está el detalle: sobre un mismo libreto, el hombre es capaz de reinventarse en cada función.Lo cual no hace otra cosa que ratificar dos cosas. Una, las expresiones artísticas, por más cercanas o más lejanas que parezcan, siempre moverán el piso de nuestros sentidos. Y dos, el talento crece con los años, a veces incluso contra la merma de facultades, que para nada es su caso. Eso sí, lo que no imaginaba (yo), por simple torpeza, es que su alcance y de todo aquello que hace en el escenario superara cualquier tipo de fronteras. Digo, en términos de generaciones, ahora en estos tiempos en que las brechas con los hijos o los nietos son cada vez más grandes y evidentes bajo el inacabable espectro de la tecnología.¿De qué hablo? De ver a un señor que bordea los sesenta (edad en la que, espero, comience de verdad la vida) hacer que críos de tres, seis, diez o catorce años se rindan ante la maravilla de convertir un matiné de salsa en arte de magia. O mejor, en arte y en magia.Claro que sí, por supuesto que sí, obvio que sí, hablo de Carlos Paz. Al mismo que llaman ‘Resortes’ caleño, como ahora vengo a enterarme en ricas piezas periodísticas de Lucy Libreros y Diego León Giraldo. Déjenme hacer un paréntesis para torcerle el cuello al cisne y atribuir el apodo a un homenaje al ‘Resortes’ mexicano que signó mi infancia en los ‘tarros’ (cines de barrio y pulgas) en la Bogotá de hace rato. Y es que, leo en esos artículos, que quizás los pasos de la salsa nacieron en el México de cabaret bufo de esa época. Al rebobinar esas películas de ‘Tin Tan’, ‘Viruta’ y ‘Capulina’, ‘Mantequilla’, ‘Clavillazo’ y, cómo no, ‘Resortes’, sí, es muy posible que ese meneo sabroso sea el génesis.¡Qué vaina!, al descubierto, me he adentrado en campo minado. Estoy hablando de historia de la salsa, tema del que no tengo ni idea, cuando el único propósito es decir que Carlos Paz es algo más que lo que él siempre ha pretendido ser: un bailador (no un bailarín, como él mismo lo aclara cada vez que puede), Carlos Paz es una insignia, de muchas cosas.Una, de Delirio, en donde todos los días sube a la cima de un espectáculo que tiene carta de ciudadanía de este país y pasaporte sin restricciones de visa en el mundo entero. Allí arriba, Carlos planta una bandera, la de un género único (no doy la talla de salsero, pero creo que lo importante es la personalidad). Y lo debe hacer con base en muchas cosas. Desde el sentimiento hasta la técnica, pasando por la experiencia, pero creo que la clave está en algo muy difícil de llevar bien puesto -en la danza como en la vida-, la naturalidad. Carlos es eso. Y por eso mismo, es que el músico y la orquesta que lleva como ADN le permiten cazar cada nota y convertirla en ritmo (o en sabrosura, o como usted quiera llamarla). Bien me dijo Medardo Arias (que sí sabe de esto), si suena piano, Carlos es piano; si es percusión, Carlos, no sé, es batería, bongó y lo que corresponda. Admito que no distingo un timbre de unas maracas.No he visto a Carlos más que en escena. Y me parece que es una insignia de Cali. No sé si nació aquí o en Corinto y además creo que ni siquiera se llama Carlos, sino que es su nombre artístico. Como sea, él representa, como pocos, las profundas raíces de la salsa en la entraña de este pueblo. A usted, Carlos, no le gustan las condecoraciones. Ni falta que le hacen. De hecho, las principales ya las lleva tatuadas. Una, la de las ovaciones de la gente que va a verlo para querer volver a verlo. La otra, la de esos muchachos a los que les enseña pasos de autenticidad, esos que solo sabe dar una maestría como la suya.Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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