Dos renuncias

Dos renuncias

Marzo 14, 2016 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Las decisiones de dejar sus cargos del ministro de Minas y Energía, Tomás González, y del presidente de Bancolombia, Carlos Raúl Yepes, dejan más de una reflexión. La renuncia de González se pretendió vender como la de quien asumió la responsabilidad total sobre el pésimo manejo del tema energético, eso que ahora nos tiene al borde de otro apagón. Se agradece que por fin alguien en este país no se atornille al puesto y ponga la cara, pero esto huele al típico caso de fusible quemado como estrategia política.González estaba al frente de la cartera y tenía que responder, pero la solución a un problema muy previsto como este –el de las consecuencias de El Niño- no podía recaer exclusivamente en él. Al menos, ameritaba siempre una sala de crisis permanente al más alto nivel, dispuesta más a anticipar que a reaccionar. ¿Qué tal si, por ejemplo, hubiéramos comenzado a ahorrar desde hace mucho? Por supuesto que vamos a hacerlo, pero ojalá hubiera sido fruto de la planeación, como debió ser, y no por cuenta del desespero que ahora nos invade.Hoy, nadie recuerda a Tomás González. Nunca lo he visto, pero ahora que intento darle a mi hijo menor las primeras lecciones de ajedrez, me acuerdo del exministro. Los peones, cual fusibles, pagan siempre el precio de su condición, a pesar de que muchas veces terminen por salvar al rey. Exministro, así es la vida. Y así es el sector público. Bueno, y también el privado. Suerte en lo que viene.Y hablando del sector privado, la renuncia de Carlos Raúl Yepes me deja varias sensaciones. La primera, que debió ser un duro golpe para muchos de sus colaboradores en Bancolombia, entre quienes siempre encontré las mejores referencias como jefe. Que conste, antes de que Yepes pasara la carta, porque, ya sabemos, no hay muerto malo ni novia fea. E incluso, por encima de que él haya prestado sus servicios a un sector con el que muchos tenemos grandes reservas, el financiero. Sobre las razones que determinaron el adiós de Yepes a esa entidad, seguí de largo ante versiones en las redes sociales, nicho sobre el que, lo digo una vez más, tengo cada día mayor desconfianza, en especial ahora que se convirtió en fuente por excelencia del ejercicio periodístico. En lo que sí me detuve fue en la razón íntima para renunciar que Yepes antepone a cualquier otra. Hablo de esas palabras que su hija le escribió, al verlo aquejado por quebrantos de salud: “…quiero que me veas graduar, que me veas casar, que cargues a mis hijos, pero como estás actuando y asumiendo tus responsabilidades, ahora no lo vas a lograr”. Eso que, Yepes admite, lo llevó a tomar la decisión de renunciar. Tampoco conozco a Carlos Raúl Yepes, pero ahora que lo escucho quiero decirle que a lo mejor mis hijos me han dicho eso mismo y no me he detenido a escucharlos. Como usted, Carlos Raúl, sumido en el trabajo, he visto menos películas de las que debería haber visto (y leído menos libros). Igual, tengo ahora menos amigos que los pocos que siempre tuve. Tampoco vi el primer gol de mis hijos ni supe cómo se llamaban las muñecas de mis hijas. Y más de una vez encontré profesores de ellos que me decían al final del año escolar “usted es el acudiente de…”. Y eso sin contar los helados de chocolate que también me perdí. Así que ya somos dos, con la diferencia de que usted es mucho más joven que yo. Vaya, Carlos Raúl, disfrútelo. Olvidará que lo llamaban presidente. Como otros han olvidado que los llamaban director, gerente, jefe, ministro… No le hará falta. Ya lo verá. Uno, con los días y sin membretes, felizmente vuelve a ser uno mismo.

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