Deporte nacional

Deporte nacional

Mayo 12, 2014 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

No me sorprende el tono de la pelea entre Santos y Uribe, ni entre santistas y uribistas. Claro, a veces me confundo. Santos era uribista y Uribe era santista. ¿O estoy equivocado? Y en esa misma medida hay santistas que antes eran uribistas; y uribistas, santistas. Ya sé que es difícil detectarlos porque mañana pegan la vuelta de campana y resultan ser exactamente lo contrario.Ahora bien, hay otros que niegan ser santistas o uribistas, pero si uno levanta con algún cuidado el faldón del mantel de la mesa bajo la cual suele transarse la conciencia, sale de la duda, casi todos están comprometidos. Así es la política.Sí, así es. Como ella misma se mira a diario en el espejo de la realidad nacional, sucia. Y, en consecuencia, pedir juego limpio a la política es como decirles a dos luchadores de kick boxing que arreglen por las buenas o que no se tiren muy duro. Tampoco hay que exagerar y creer que esa malsana costumbre de recurrir en elecciones al todo vale - chuzar, desprestigiar o disminuir al adversario a como dé lugar - sea un invento de estos tiempos.Lo que sí me asombra es que haya gente que se asombre con todo esto. No solo porque ya ha pasado una y otra vez, sino porque esa práctica de tirarse al otro es deporte nacional. La diferencia está en que el nivel de la confrontación de ellos es por el premio mayor, mientras nosotros apenas jugamos a diario el chance de la maledicencia y de la envidia carroñera. ¿Conoce usted alguna de las siguientes expresiones?: “Lo que es, este (o esta) me las paga porque me las paga”; “no me alegro pero siento un fresco”; “la envidia es un plato que se come frío”; o “lo de he de ver (muerto, quebrado, en la cárcel, enfermo, solo, agonizante y similares), como que hay un Dios en los cielos (sí, así, ¡como que hay un Dios!)”.De acuerdo, las conoce, como las conocemos todos. Pero, déjeme preguntarle algo más: ¿Ha invocado alguna de ellas? Yo también. Sí, en un momento de ira e intenso dolor, ese atenuante tan colombiano que sirve igual para bajarle el tono a una discusión en familia o para explicar un intento de homicidio.El vergonzoso enfrentamiento que, decimos, nos tiene perplejos es el mismo que protagonizamos a diario, es nuestra cotidianidad. No fue Martín Emilio ‘Cochise’ Rodríguez el primero en decir que en este país se moría más gente de envidia que de infarto, solo fue el primero en tener valor civil de decirlo en público. Así somos, envidiamos y odiamos, en buena parte estamos hechos de eso. Acháquenle la culpa a lo que sea: a la ignorancia, a la injusticia social, o a esa otra explicación según la cual todos los males nos vienen de la conquista española. ¿Éramos tan buenos y solidarios antes? Hummm.A esta altura debe usted estar presto a saltar sobre mí yugular. Espere. Ya sé que no hay peor ofensa para el colombiano que le digan que no es una buena persona, o que es deshonesta o que es floja para el trabajo. Más aún cuando no sé quién se inventó el cuento aquel de que somos la mejor gente del mundo. ¡Qué va! No somos los mejores. Tampoco los peores. Somos comunes y corrientes. Con altas y bajas. Sí, de pronto, ejemplares; de pronto, honestos; de pronto, trabajadores. Pero también lo otro: aquí rezamos, de acuerdo, pero no siempre para que se salve nuestra cosecha sino para que se dañe la del vecino. Tampoco estamos condenados a vivir siempre así, pero, ¿cuánto tiempo tardaremos en salir de esto, en educarnos de verdad?El ejemplo de tolerancia y juego limpio debería venir de arriba. Pero no lo esperen. Ellos son así. Como nosotros. O como casi todos nosotros, para que algún impoluto no se nos ofenda.

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