¿Cuesta tanto la paz?

Mayo 16, 2016 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Mientras el país se debate entre la inminencia del acuerdo entre el Gobierno y las Farc, y la oficialización de la ‘resistencia civil’, vuelvo a esa pregunta eterna cosida a la historia nacional: ¿Por qué nos cuesta tanto creer en la paz?¿Por qué nos cuesta tanto?, ¿acaso es por la duración del conflicto? ¿Estos más de 50 años de bala se hicieron una cotidianidad que nos preocupa, más no lo suficiente como para entender que ya es hora de librarnos de ese mal?¿Nos cuesta tanto creer en la paz, quizá porque la degradación de la guerra es de tales proporciones que resulta imposible creer en algún rasgo de buena fe de la contraparte y, en consecuencia, consideramos que ceder solo significa “entregarnos sin condiciones”?¿Acaso nos cuesta tanto creer en la paz porque acudimos a ese legalismo que siempre llevamos a flor de piel pero que, igual, a la hora de cumplir la ley, nos importa un carajo? Y ahí, entonces, entre las exigencias que de uno y otro lado escalan a diario y las ambiciones políticas que se cargan bajo la manga, incluidas la de los pescadores de río revuelto profesionales, terminamos de vuelta donde estos últimos quieren, en el callejón sin salida. ¿Es tan necesario un modelo único de solución, es tan necesario trazar un antes y un después en los procesos de paz en la historia de la humanidad? Lo ha dicho el presidente Juan Manuel Santos, en aras de defender el actual proceso; lo han dicho las Farc, henchidas de soberbia; y lo ha dicho el senador Álvaro Uribe, en la pretensión de desprestigiar cualquier acuerdo entre ellos. Como si hiciera falta, ¿vamos a dar aquí una nueva prueba de nuestro reconocido ‘ombliguismo’? ¿Nos cuesta tanto creer en la paz porque hay dos cosas en la vida: los asuntos complejos y la paz colombiana? La retórica ha vuelto a ganarle a la naturalidad. ¿Cuántos de nosotros estamos hoy en capacidad de responder sobre lo que ya está pactado y lo que se va a pactar en La Habana? Eso no es solo un gran fracaso del Gobierno en la necesidad de hacer pedagogía del proceso (lo que le ha puesto a la oposición en bandeja la estrategia siempre fácil y efectiva de la demonización), sino que aquí se confirma una vez más que somos excluyentes, incluso a la hora de ser incluyentes. Pero como esta es una columna obvia, sobra decirlo, que no se adentra en los temas de alto vuelo del proceso, como el blindaje jurídico de hoy, el desarme de mañana y la reinserción de pasado, voy a lo que vine:Creo que, por encima de todo, a las puertas del momento definitivo del actual proceso, la paz sigue sin estar en el inventario del colombiano promedio. Entonces, cuesta mucho alcanzarla. La paz es una cosa esquiva, pero no es la única. Es esquiva como lo son la equidad, la justicia, el empleo (el de verdad, no algo parecido), la educación, la salud, que, juntos, hacen la paz. Sólo que nadie nos enseñó a leer así. Pero la paz nos cuesta tanto también por ser como somos o como nos hemos acostumbrado a ser. Ellos y nosotros. Escasos en la reconciliación y el perdón, amplios en la mezquindad, sinuosos y arrogantes, escorados a placer, escépticos profesionales y faltos de voluntad. ¿Falta algo? Sí. Eso mismo que descubre el personaje de Juan Gabriel Vásquez en ‘El ruido de las cosas al caer’ cuando concluye que antes que historias heroicas, lo que le gusta a la gente aquí es que le cuenten la desgracia ajena. Esa misma desgracia que nos venimos contando durante más de medio siglo, levantándonos y acostándonos, atrapados en la telaraña de esta puta guerra. Está bien, discúlpenme, parágrafos más, parágrafos menos.Sobrero: hablando de paz, los diez años de ‘Delirio’ son paz desde el arte, la cultura y la inclusión. Ese, el máximo espectáculo de este país, debería convertirse en modelo de trabajo colectivo y de sostenibilidad para miles de jóvenes talentosos que claman una oportunidad. ¿Se le mediría la empresa privada a otras iniciativas como esta?

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