Crisis y Estado

Crisis y Estado

Septiembre 14, 2015 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Aparte de las reacciones en caliente por los atropellos de Nicolás Maduro y la preocupación que ahora nos despierta la calamitosa situación de quienes viven en esa línea gris sobre la que Bogotá y Caracas (no Cúcuta y San Antonio del Táchira) han forcejeado históricamente, las decisiones de las instancias de poder en el seno de ese microcosmos ciudadano que son los corredores fronterizos nos permiten ver los auténticos alcances de nuestras políticas estatales. Uno entiende, y en parte agradece, las voces apuradas, los ceños fruncidos y las camisas de mangas remangadas de ministros y demás funcionarios para hacer presencia institucional. Pero qué bueno sería haberlo visto y sentido desde mucho antes, no como respuesta a la mala leche del dictador (ahí está como penúltima muestra de su catadura la violación de todos los derechos a un debido proceso de que ha sido objeto Leopoldo López por parte del poder judicial de bolsillo) sino de cara a un hecho que nunca nos ha importado: cómo viven o, en muchos casos, cómo sobreviven millones de colombianos en ese país. Esos mismos colombianos que registran bien en los afectos nacionales a cuenta de las remesas que alimentan nuestra economía pero importan poco, muy poco, a la hora de la política exterior del Estado. Como importan poco, y nada, millones de colombianos que habitan en otras latitudes. Pero cada momento tiene su afán y el de ahora es salir de este enredo en el que, ya se sabe, Maduro saldrá ganador. Para comenzar, el tipo no es otra cosa que ese personaje grotesco que vemos a diario, sin que le cueste esfuerzo alguno. Y ya se sabe que, saldado este pleito, pronto saldrá, como si nada, a encontrar otro ‘muñeco’ distinto de los colombianos, con el único fin de distraer y engatusar a su pueblo, hasta que ese mismo pueblo diga no más, si es que se lo permiten en las urnas. Y de esto último, de la transparencia en las urnas, son tan responsables los venezolanos como el mundo entero.En cambio, al presidente Juan Manuel Santos le irá de otra forma en este paseo. Cualquier solución, sea cual fuere la que encuentre, le tributará malquerientes, comenzando por quienes quieren que esto salga mal para sus fines de oportunismo político a las puertas de una contienda electoral. Eso no exime al gobierno nacional de responsabilidades en ese mundo de las carpas y las angustias, es decir, la suerte de miles de desterrados en manos de la ‘reaccionitis’, vieja tara estatal de tapar huecos con más huecos. Así, por ejemplo, por arte de birlibirloque, aparecen puestos de trabajo que quién sabe dónde andaban antes, paños de agua tibia que no solucionan problemas estructurales que afectan a estos compatriotas, muy visibles ahora pero que no tardarán en volver a la invisibilidad una vez se apague el incendio.¿Cuánto podemos aprender de esta experiencia? Mucho ¿Cuánto vamos a aprender? Poco. Las crisis dejan al descubierto las debilidades de lo que somos. Algún día entenderemos que para hacer Estado primero hay que hacer comunidad. Quienes se marcharon y ahora vuelven por orden de este gorila en suerte merecen, antes que una mano, soluciones de fondo. No cambiamos la historia a punta de ángeles como Doña Rita, esa mujer que se quita el pan de la boca que ni siquiera tiene para dárselo a los desterrados. Eso sí, ella se encarga de recordarnos que la solidaridad es uno de los pocos bienes que aún nos quedan.

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