Clase ejecutiva

Julio 20, 2015 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Frente al recorte presupuestal del gobierno, cualquier cifra es corta. Y cualquier ahorro, también. Pero no solo de billones de pesos vive el hombre, también de gestos. Más aún cuando esos gestos deben provenir de quienes están obligados, como lo estamos todos, a pensar en la construcción de una nueva sociedad en la que, por ejemplo, los recursos públicos deberían ser sagrados, eso que siempre se ha dicho pero casi nunca se ha cumplido.Y una señal que caería bien en estos tiempos en que buscamos salidas a muchos problemas es esa que el Congreso de la República podría enviarnos con decirle adiós al uso de los tiquetes de clase ejecutiva que usan a costa de nuestro propio bolsillo. Señores y señoras, no los necesitan, hasta el punto de que cada vez que encuentro a un legislador en esa cabina exclusiva me suena a ostentación. Y no es que sea malo viajar en ejecutiva, lo malo es no dar ejemplo de ahorro y austeridad (un tiquete ahí puede valer cinco o seis veces más que uno comprado en clase promocional o económica), aparte de, sin querer quizás, marcar una distancia frente a los ciudadanos. Sí, ya sé que con eso no se arregla la situación de millones de personas que viven en la pobreza extrema o que más bien uno debería destinar este pataleo a denunciar los alcances de la corrupción que, en su tronera, se lleva buena parte de esos sagrados recursos. Tienen toda la razón, pero no me podrán negar que con estas pequeñas cosas (ni tan pequeñas) también se endereza en algo el rumbo de una nación.Y se mejora la imagen, que no está tan desligada de la credibilidad, como algunos creen. Las encuestas suelen rajar al Congreso. Con todo el respeto, me parece que el tema es más un tópico, acuñado a lo largo de décadas, que una juiciosa forma de evaluar el desempeño. El Congreso de Colombia no es, ni de lejos, un Congreso ejemplar, pero tampoco es el peor del Continente, si al menos uno se detiene en los escándalos en que se ven envueltos sus pares en países vecinos. Y tampoco es justo meter en el mismo saco a todos sus miembros a la hora de rajar a las dos corporaciones, uno de nuestros deportes favoritos. Por eso es que, para volver a la razón de ser de esta columna, los congresistas deberían darnos esa buena noticia. Aunque vale decir que hay quienes ya nos la dieron, unos, por la fuerza de las circunstancias (aquellos que viajan desde pequeñas capitales a los que no van aviones grandes) o porque así lo creen y lo impulsan quienes son conscientes del tamaño de este exceso. ¿Por qué si un congresista que va de Manizales o Yopal a Bogotá tiene que acomodarse en una silla cualquiera, no lo puede hacer igual quien viaja desde Barranquilla, Cali o Medellín, entre otras?Qué bueno sería que los congresistas del Valle del Cauca encabecen esa decisión, a la que no sería malo sumar la de reducir gastos en seguridad (con los matices respectivos), un rubro en el que se va más plata de la que debiera, más aún en este país en el que todos estamos expuestos a jugarnos el pellejo a diario sin pedir ningún tipo de protección. Señor legislador, tiene usted la palabra sobre un tema que no solo nos compete sino que cuesta y duele. Sobrero: Alcides Ghiggia es uno de esos humildes que tocó el cielo y siguió siendo nada más que él. Su gol a Brasil, pero sobre todo a la soberbia, en el Maracanazo le significó 250 dólares y un reloj, como premio. Qué diferencia con esos astros de hoy que juegan bien cuando les viene en gana, posan mucho y ganan fortunas. Esos mismos que son otros cuando llevan puesta la camiseta del país donde nacieron.

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