Cerrar filas

Abril 20, 2015 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Más allá de las insalvables diferencias que caracterizan hoy el devenir del país, el dolor que vivimos por la muerte de los once militares víctimas de la cobarde emboscada de las Farc en Buenos Aires, Cauca, debería servir para unirnos en torno a unos mínimos, esos que precisamente nos separan de quienes han hecho de la violencia su razón de ser.Claro, pedir eso es arar en un desierto cada vez más largo y ancho, a polarización. Si algún provecho consigue las Farc con este atentado a la fuerza pública y al proceso de paz es dividirnos, aún más de lo que ya estamos. Basta ver cómo muchas miradas apuntan a señalar al gobierno como responsable del hecho, antes que a la guerrilla, que pasa de agache a pesar de ser la única autora de un asalto que además sirve para pintarla tal y cómo es.Olvidamos que los condicionamientos siempre serán uno de los nudos más difíciles de desatar en un proceso como este. Negociar en medio del conflicto, en especial con una contraparte de los antecedentes de las Farc, tenía, tiene y tendrá enormes riesgos. Hacerlo con un cese bilateral al fuego, también con la catadura de las Farc de por medio, no lo es menos. Sin embargo, con el paso de los meses, esta última opción pareció crecer. Pero las Farc, siempre las Farc y su ceguera política aunada a su facilidad de gatillo, nunca vieron el significado del cese de los bombardeos como una generosa decisión de bajarle intensidad de la guerra. La respuesta fue esta arremetida salvaje. Apenas natural que de nuevo se dé luz verde a esa acción de combate. ¿Cuáles es la peor consecuencia para una eventual salida negociada al conflicto? La desconfianza. Esa misma que gana puntos en La Habana y que hará sentir sus efectos en las rondas de conversaciones a continuación. Y la misma desconfianza que siente hoy la gente en la calle y a la que no se le puede dar una lectura tan simplista, comenzando por la de la propia guerrilla, de que no es otra cosa que la expresión de quienes se oponen al proceso de paz. Olvidan las Farc, dentro de las muchas cosas que olvidan o que no parecen importarle, que es imposible creer en la consecución de la paz si los propios ciudadanos pierden la fe en que ella es viable. La paz, señores de la guerrilla, no es “su paz”, es la paz a que tenemos derecho todos los colombianos.Y aquí hay que detenerse en millones de colombianos y su formidable reacción para condenar el ataque, que va más allá de eso. No, lo que la gente pide, exige, detrás de las más diversas expresiones de repudio, es que esto no se puede repetir. Aparece entonces la necesidad de fijar un plazo perentorio, un clamor que en horas ganó terreno hasta hacerse carne en las palabras del presidente Santos. No creo que un tema como la paz deba responder a esos términos. Al menos, la mayoría de casos exitosos de acuerdos de este tipo en el mundo no han funcionado así. Pero si la voluntad (no solo la mutua sino la auténtica voluntad) es capaz de acelerar una agenda que ya tiene resultados, pues que ella ponga su parte.Y que nosotros le apostemos a la institucionalidad, aquello que tanta falta hace en medio de este país descuadernado por cuenta de las ambiciones personales. Alrededor de ella, de la institucionalidad, o de lo que más se le parezca, deberíamos cerrar filas. En momentos de enconamiento similar o mayor al que vive la política nacional, he visto en otros lares marchar conjuntamente a gobierno y oposición para afrontar los momentos más difíciles. Aquí también se podría, pero por ahora eso suena iluso. A menos que la grandeza sea capaz de darnos una mano en este momento decisivo. Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe lo deberían pensar una vez más.

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