Cataluña: ¿error y hecho?

Cataluña: ¿error y hecho?

Octubre 08, 2017 - 11:40 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

En el asunto de Cataluña es imposible advertir cuál será la salida. Aquí no hay otra que ajustarse a lo que deje el paso del tiempo y, mientras tanto, esperar a que los encontronazos no vayan más allá de las palabras. Si algo no se puede perder es la cordura.

Como tampoco es fácil alinderarse sin más ni más. Para comenzar, Cataluña es España y Cataluña debería seguir siendo España. Alguien debió decir esto mismo hace un siglo. Y en ese mismo momento alguien debió expresar exactamente lo contrario. Es que estos vientos independentistas ni son nuevos ni dejarán de existir, en el hipotético caso de que las aguas vuelvan ahora a su cauce.

Tampoco se puede decir que la España tradicional ha sabido manejar este problema de la mejor manera. Al contrario, lo ha hecho casi siempre mal y con evidentes deseos de superarse en ese sentido.

Ahí está -aparte, muy bien documentado- lo que significó el franquismo para los catalanes en la posguerra civil, como pasó con otras comunidades a las que la intención de la dictadura no fue exactamente la de dominarlas e imponer su credo. No, lo que se pretendió fue borrarles su cultura y sus tradiciones. Además, por la fuerza sin límites. Por eso, la manera como procedió la Guardia Civil durante el domingo del tal referéndum hizo que muchos volvieran a oler ese pasado.

Claro, estos son otros tiempos. Pero a la vez hay algunos elementos que no se pueden desdeñar. Uno de ellos, quizás el más importante, el peso de la corrupción política. Esa misma que fabricaron dirigentes políticos y empresarios (incluso en Cataluña, valga decir) para saquear el erario de la Nación, en medio de una impunidad que asombra tanto como aquí.

Si semejante robo no se hubiera ejecutado a los ojos de toda España, quizás los llamados de los separatistas no habrían alcanzado el eco que hoy tienen.

Esa es apenas una cara de este rifirrafe. La otra la ponen los independentistas que intentan insuflar un sentimiento nacionalista en el seno de una sociedad donde, está visto, hay menos catalanismo que aquel del que presumen. Lo que sí han logrado es despertar un extremo desafecto por España que ya raya en el odio.

Alguna vez, ya hace bastantes años, me sentí extraviado en Barcelona. En procura de que alguien me diera una mano y sabedor de que toda la señalización de la ciudad estaba en la lengua local, pregunté a un transeúnte si hablaba español. “No, me respondió, y usted tampoco, usted habla castellano”, antes de darme la espalda y largarse. Esa carga de resentimiento se ha hecho común y es la que ahora cosechan unos insensatos, dispuestos a salirse con la suya a costa de dosis industriales de populismo.

Claro que esto se trata de mucho más que una simple respuesta altanera. Hoy, millares de jóvenes de móviles en las manos y debidamente conectados a sus cerebros que creen estar en la posición indicada sin preocuparse mucho de quiénes dictan desde el otro lado de la línea. ‘The Washington Post’ se ha atrevido a afirmar que incluso buena parte de lo que ha circulado en los últimos meses en las redes sociales y que se hizo viral en Cataluña procede de Moscú. Me niego a creerlo. ¿Otra vez, una vez más? ¿Como pasó en el camino a Washington o como se pretendió hacerlo en el de París? No puede ser. Y si lo es, nos jodimos. Mejor dicho, por cuenta de ‘trolls’ y similares nuestra voluntad ha dejado de existir y, en consecuencia, de valer.

Cataluña es dueña de su propio destino. Hoy, contra la prohibición constitucional expresa de hacerlo, algunos querrán gritar su independencia. Sin duda un error, pero, a la vez, quien lo puede dudar, un hecho en marcha; un hecho doloroso y absurdo.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

VER COMENTARIOS
Columnistas