Bienvenidos a bordo

Bienvenidos a bordo

Diciembre 21, 2015 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

No sé en qué terminó finalmente el lío del otro día entre una pasajera y dos azafatas en el aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón. Lo que sí sé es que desde entonces me he puesto más en los tacones (y zapatos) de mujeres (y hombres) que han escogido ese oficio. Sobre todo, luego de los argumentos del abogado de la pasajera, señalada por la aerolínea de haber abofeteado a una de las empleadas y de haberle dicho a la otra “negra inmunda que no sirve para nada”. Desde entonces, señora Directora de El País, ando con la idea de ser auxiliar de vuelo, iba a decir por un día; pero no, me bastaría un viaje de ida y vuelta. O quizás, luego del primer trayecto, me devuelvo en flota. ¿Me pregunta usted, qué fue lo que dijo el abogado de la susodicha señora? Vea: “mi cliente tiene una lesión en el rostro a la altura del ojo y todo ocurrió porque mi apoderada entendió mal la letra cuando empezaron a llamar para abordar el vuelo. En ese momento la auxiliar de vuelo insultó a la pasajera y le pegó en el rostro, también le tiró la puerta en el rostro”. ¿Le tiró la puerta del avión en el rostro? ¿En serio, abogado? Le prometo que a partir de ahora tendré cuidado no sea que un día de estos me machuquen un dedo. Ahora bien, tampoco puedo decir que no fue así, pero esto me suena más a ¿Y dónde está el piloto?, que a Casablanca. Mejor vuelvo y me pongo en modo azafato. El tema es bien jodido. Según un top de lo indeseable elaborado por azafatas, lo que normalmente les llega a ellas, y a ellos, por esa puerta en la que lo reciben a uno con un “¡bienvenido a bordo, siga por favor!”, es un tipo (o una tipa, como les pasó a las dos del Bonilla Aragón), al que muy probablemente le sucedió alguna de las siguientes seis cosas: El vuelo se retrasó, tuvo sobrepeso de carga, hubo problemas en el filtro de seguridad, tomó la puerta de embarque equivocada, se le colaron en la fila de acceso al avión (o no se pudo colar) y pasó tres eternos minutos en el túnel, sin que nadie le explicara por qué. Cargados de tigre, entramos a buscar una silla que a lo mejor espera por nosotros. O a lo mejor, no (“Mire señor, me dijo una dama hace unos días, ella es mi cuñada, nunca se ha subido en una vaina de estas, está medio mareada… podría usted cambiar de puesto”). Entonces, si uno venía mal, se pone peor. ¿Directora, quién paga el pato? Ellas (y ellos). Igual, deben poner buena cara y comenzar por ayudar a subir al portaequipajes maletas que disfrazamos como equipaje de mano pero que, por tamaño y peso, servirían a un domador con mascota incluida. Aparte, deben repetir lo del cinturón (no otra cosa que un seguro de vida) una, dos, tres y más veces. Y, luego, convencernos de que el teléfono móvil debe dormir un rato. Todo, para que el vuelo salga a tiempo, la mayor de sus obligaciones y de la que nunca nos enteramos. Todavía nos queda lo del avión en el aire, donde a veces somos malos pasajeros y peores vecinos (cuidado si el de al lado ronca o el niño llora). Eso sí, a la hora del naranja-piña no falta la solicitud de un tamarindo-guayaba agria. O ese otro muy nuestro, “niña, no sea mala, regáleme tres sobres de crema”.

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