Anita

Julio 06, 2015 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Algún día le pregunté al ‘Pantalonudo’ Arroyave, un entrenador pobre, cómo había dado con Willington. “No le voy a decir que en el Nilo y en una cunita”, respondió el viejo, mitad feliz, mitad orgulloso. No les voy a decir que descubrí a Anita en el Río Cali, a la altura del Puente Ortiz. No, pero sí que lo hice mientras esa banda loca -y tan cuerda- que es Herencia de Timbiquí se arrancaba con algo que no sé cómo se llama pero que sí sé cuánto voltaje tiene.Y cuando vi que ella, Anita (Ana María Carabalí), no era parte del miniconcierto sino que la música le iba perfecta, quise saber de dónde carajos venía esa medalla al cuello que le hacía juego al compás de su menuda figura. Feliz y orgullosa, como Arroyave, la colgó de la cinta entre su pulgar y su índice a la par de un contundente “es el premio a los mejores Ecaes”. Valga decir, de 2103 y premiado apenas a comienzos de este año.El Ecaes es el Icfes de los profesionales. Y podrá, el Ecaes, tener todos los peros sobre sus bondades, pero estar entre los mejores Ecaes del país es estar entre los mejores Ecaes del país. ¿Quién es esta mujer bonita con cara de niña, tan caleña como jamundeña, a la que uno puede toparse en el MÍO camino a la Universidad del Valle, sin saber que se codea con quien se subió al podio de una prueba que mide más que conocimientos y a la que concurren miles de compatriotas?En tres palabras, una mujer feliz. Ya sea en San Fernando, desde donde sale todos los días a convencernos de que debemos tener una segunda lengua (el inglés) y una tercera (el francés o el alemán), como feliz es (o era) en esas clases del Benalcázar, donde ahora sus alumnos van a extrañar a la “Teacher Anita” porque decidió volver a enseñar en la Universidad del Valle.Y feliz la hacen la literatura francesa (Víctor Hugo es mucho más que la razón de su tesis); el cine de Mathieu Kassovitz (Director de El Odio, película que en 1995 anticipó la guerra que ahora está en camino); o la salsa que igual disfruta en Tin Tin Deo o en el salsódromo de la Feria, donde ha calificado como expositora; como feliz es a bordo de la receta propia de lentejas, con algún secreto del Pacífico.Anita nació en Guapi, se crió en Jamundí, sintió de adolescente los azotes del sol de Córdoba en Montelíbano, comenzó a madurar en Cali, cuidó niños en New Jersey en casa de unos tales Brown para afinar el inglés, volvió a Univalle, coronó una carrera con calificaciones que la hicieron profesora cuando aún era alumna e hizo un Ecaes que resultó estar entre los mejores.¿Y, ahora? Ahora, sueña con ir a Berlín para tomarse un café en Alexanderplatz, mientras llega la hora de entrar a clases de eso que pomposamente llaman interculturalidad, la inclusión de los pueblos, el camino más corto hacia la verdadera paz. Ah, la paz. Esa palabra también esquiva en todas las lenguas y a la que ella define como “reconciliación, perdón y justicia, porque sin justicia, ni formas. ¿Seremos tan brutos como para no alcanzarla?”, se pregunta. Como se cuestiona si Cali no sería mejor en bicicleta antes que en carro. Ella es Anita, una medalla de oro para hablar bien de Cali, de Jamundí y de este país ¿Cuál será su lugar en la escala de prioridades de este Estado, y en la revolución educativa de la que se precia el actual Gobierno nacional, digo, aparte de la medalla? ¿Cuánto le importa Anita a los mandatarios locales o a los candidatos? (bueno, aparte de llamarla hoy mismo para ponerle a la orden la administración o la campaña). ¿Y cuánto le interesan a todos ellos las ‘Anitas’ que hacen de este país lo bueno que es, a pesar de ellos mismos?Anita no tiene respuestas. O sí, seguir adelante.

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