Alerta aeropuerto

Julio 11, 2016 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

‘Alerta aeropuerto’ es un programa de televisión de esos a los que perfectamente se les puede sindicar de entrar en el sagrado terreno de la intimidad. Sólo que por ser esta intimidad la de un personaje tan recurrente como lo es el narcotráfico, la sesión de voyerismo resulta muy particular.Comienzo por decir que el nombre con que lo bautizaron es de lo más políticamente correcto. Bien se podría llamar ´Doble fondo’ o ‘Semáforo en rojo’. No sé, algo más sugerente. Pero, en fin, ese es un problema de mercadeo.Lo importante aquí es cómo desfila por él una parte de la infamia que nos tocó vivir. Esa de la droga convertida en mucho más que el juego del gato y el ratón entre la Policía y las ‘mulas’, estás últimas camino al matadero para que muchos otros satisfagan sus apetitos, mientras otros, bastante pocos, se lucran de un negocio criminal que, ojalá, un día termine por ser un asunto de salud pública.Aquí debo comenzar por destacar la tarea invisible de los hombres de la Policía que hacen de sabuesos para oler a quienes llevan el pecado en el género (llámese la maleta y su respectiva caleta, o las tripas mismas de quien obra como ‘mula’).Por supuesto, son agentes expertos. “Eso sólo se aprende haciendo”, me dijo un suboficial antinarcóticos que aceptó contarme algo sobre cómo desarrollan ese trabajo de ‘perfilar’, como le llaman las autoridades a tratar de dar con los sospechosos, junto al certero olfato de los perros en la zona de equipajes.El otro 50% corre por cuenta de quienes siguen cayendo en los tentáculos de quienes mandan los cargamentos sobre sus lomos. Ahí es cuando cualquier tratado de sociología se queda corto y el alma, a veces, se arruga. En ese sentido, no veo la necesidad de que Natgeo muestre los rostros de esas personas. No sé si les coarten sus derechos -los han cogido con las manos en la masa pero aún no han sido condenadas- pero pienso en sus familias, casi siempre inocentes.Sí, ya sé que usted dirá que merecido lo tienen y que no hay situación alguna que obligue a alguien caer en semejante situación. Es posible. Pero lo que uno no imagina es que en pos de pagar deudas o echarse unos pesos al bolsillo (que no son nada frente a lo que ganan sus patronos), la gente resulte tan ingenua como para no entender que la ponen como carnada más grande que la misma caña de pescar o juegan con ella contra toda ley de las probabilidades.Mejor dicho, deberían saber que una ‘mula’ es para sus jefes nada más que un artículo desechable, incluso en el remoto caso de que tengan que volver a hacer uso de ella, donde volverá a ser eso, desechable y nada más.Una madre de familia porta dieciséis paquetes de droga en su maleta, ‘camuflados’ en pastas de libros. Aparte, cuando se da el primer interrogatorio del oficial que la pone a prueba, dice que el tiquete se lo regaló un amigo que tiene como profesión “turista”. Increíble. Un par de hermanos indígenas van ‘cargados’ con lo que se tragaron la noche anterior y se delatan porque han pasado como extraños a la hora de chequearse en el mostrador de la aerolínea.Seguir relatando cosas es como contar el final de una película. Véanlo y, créanme, si mucha gente lo siguiera, estoy seguro de que menos incautos caerían, antes que lo hagan en manos de las autoridades, en las garras de sus jefes, para quienes siempre importarán un carajo, como queda visto cada viernes en la noche.Sobrero: Víctor Barrio, torero a la eternidad.

VER COMENTARIOS
Columnistas